Curiosamente, el discurso que desarrollan los activistas del
MOVADEF sobre la reconciliación tiene
ciertos elementos comunes con el discurso hegemónico. En efecto, aquel asume,
también, que reconciliar al país significa lograr que se terminen
los conflictos entre los peruanos, que los antagonismos del pasado –aquellos
que nacieron en el contexto de la violencia– puedan ser dejados atrás para
darle lugar a un nuevo proyecto de nación en el que todos los actores sociales
y políticos estén representados. Para que esto sea posible, sería necesario
tener cierta voluntad de olvido: es decir, el dolor por la violencia vivida no
debería seguir siendo resaltado, sino que haría falta aprender a convivir en
nuevas condiciones en las que los antes enemigos hoy se reencuentran para
construir una nueva comunidad armónica. Reconciliación, entonces, no va
directamente de la mano con memoria;
más bien, para reconciliar hay que pasar
la página de la violencia: hay que llegar a una situación de consenso y
paz. Para aclarar esta cuestión, léanse las palabras de uno de los militantes
jóvenes del MOVADEF:
“nuestra sociedad marcha a una sociedad antidemocrática, intolerante y que pues pretende repetir videos, y hechos lamentables, porque esos son hechos lamentables, de la guerra que vivió nuestro país. Pero justamente eso es lo que nosotros queremos solucionar. Al plantear reconciliación nacional planteamos que eso ya, muy doloroso, muy triste es cierto, debería ya terminar. Y pensamos que hay personas que trafican con los muertos porque el dolor, por ejemplo, se sigue levantando”. [Las cursivas son mías.]
Como vemos, reconciliación
nacional es, aquí, terminar con el recuerdo doloroso del pasado. Repetir la
violencia, retornar a la tristeza por lo lamentablemente ocurrido, sería un
modo de hacer del presente un contexto estéril: en efecto, si seguimos cargando
con el peso de la violencia, si seguimos traficando
con los muertos y el dolor, ¿cómo podríamos ejercer nuestra agencia para
desarrollar una sociedad más democrática y tolerante? Por ello, según el
discurso del MOVADEF, reconciliar al país es darle lugar a políticas
explícitamente dedicadas a dejar el pasado atrás: a esto apunta el pedido de amnistía general que realiza la
organización, probablemente en la que es su demanda política más significativa.
De acuerdo a esta expectativa, culminar con el encierro de todos los actores de la guerra sería un acto de justicia no
simplemente para ellos, sino para el conjunto de la nación. Dar la amnistía
general permitiría reconciliar al país, porque sería un modo de acabar con los
odios, de darnos una nueva oportunidad de funcionar como conjunto. Otro
activista joven del movimiento se expresa en estos términos:
“Yo en vez de condenar justamente busco una salida, porque comprendemos que con judicializaciones no se va a dar solución. Por eso es que estamos planteando amnistía general y reconciliación nacional. Y para eso fue creada la Comisión de la Verdad. Para eso. Pero mire qué ha pasado, que en vez de reconciliar al pueblo, a las partes que se enfrentaron, hoy sigue habiendo antagonismo”. [Las cursivas son mías.]
La acusación a la tarea de la CVR es clara y muy parecida,
casi idéntica diría, a la que presentan algunos medios de comunicación y
políticos conservadores de derecha: la Comisión falló porque, en vez de cerrar
heridas, las abrió nuevamente; no se terminó con el antagonismo sino que se lo
resaltó e hizo crecer. La diferencia entre la derecha –que comparte mucho con
los discursos hegemónicos– y el MOVADEF está en la solución que encuentran a
este problema: para la primera, se trata de excluir enteramente a toda
representación o afinidad con lo que fue el terrorismo; para el movimiento,
habría más bien que olvidarse de las diferencias entre terroristas y
pacificadores, y pasar a un periodo de unidad y consenso nacional. Es decir, hay que terminar con los odios y las
rivalidades. Las siguientes palabras de un joven activista son
especialmente representativas de esta postura:
“en Lucanamarca, sigue ese pueblo antagonizado, hasta ahora. Hay gente que dice yo apoyo a los subversivos, yo he estado de acuerdo, otros dicen cómo vamos a apoyar a ellos. Se da cuenta que hay heridas en un pueblo, en un caso tan sonado. Hoy, casi 25 años después, 26 años, sigue habiendo eso”. [Las cursivas son mías.]
Es significativo que se aluda a Lucanamarca para resaltar
“las heridas” que todavía existen en el país. Como sabemos, en tal localidad
tuvo lugar una de las masacres más terribles de Sendero Luminoso, y me parece
que la referencia a tal evento nos ayuda a comprender mejor la postura del
MOVADEF acerca de la reconciliación (y, en general, de la memoria sobre los
años de guerra). Para el movimiento, reconciliar es superar el dolor y borrar
los antagonismos. Pero este pedido aparentemente neutro, para todos, resulta ambivalente en tanto que
guarda una postura muy claramente política en favor de, como lo denominan los
activistas de la organización, el Partido Comunista del Perú y su guerra revolucionaria. En tal sentido, dejar el
pasado atrás sería no simplemente borrar el recuerdo de la violencia, sino
reinterpretar tal recuerdo para que se deje de estigmatizar a los ex miembros
de Sendero Luminoso. Así, un país reconciliado sería, para el MOVADEF, un país
en donde se deja de juzgar a quienes no habrían llevado a cabo crímenes, sino
acciones políticas en el contexto de una revolución popular.
Por ello, para el movimiento un síntoma de la ausencia de reconciliación en el país se encuentra
en el modo en que se rechaza antidemocráticamente a sus activistas. Todo el
discurso oficial que se esfuerza por mostrarlos como sujetos condenables por su
relación con lo que fue Sendero Luminoso es interpretado como una consecuencia
de los odios y rencores que siguen vivos en un país que no se ha reconciliado
consigo mismo. Las siguientes palabras de un joven del MOVADEF nos aclaran esta
idea: “Lo que vemos es que nuestro país necesita una amnistía general, una
solución política para una reconciliación. No podemos seguir con odios y con
rencores. No podemos estar, porque alguien piensa diferente, decir que te vamos
a matar, que te vamos a linchar, que vamos a apedrear tu local”. Otra vez, como
en el caso del discurso hegemónico de la reconciliación, esta es interpretada
en su uso de diccionario: como la ausencia de conflictos y la unidad entre las
partes. Lo curioso es que, aquí, no se quiere excluir a nadie para proteger al
conjunto, más bien se pretende lograr una realidad sin fisuras, una totalidad
definitiva en la que se haya erradicado cualquier indicio de diferencias. No excluir,
sino incluir a todos. Para los activistas del movimiento, este sería el acto
democrático a llevar a cabo en un contexto de postguerra. Reconciliar es,
entonces, perdonar a todos y empezar de
nuevo.
Termino esta sección con una nueva cita a un activista joven
del movimiento, en donde se refleja la necesidad de abarcar a absolutamente
todos los actores de la sociedad en un grupo homogéneo, incluso a aquellos que
formalmente representan las posturas más incompatibles con la propia: “los militares
que han sido participantes vivos en el proceso de la violencia que vivió el país,
de aquellos hechos, ellos también están de acuerdo en que debemos entrar a un
proceso de reconciliación nacional y debemos entrar a una solución política de
todos esos problemas”.




