lunes, 30 de septiembre de 2013

LA RECONCILIACIÓN EN EL DISCURSO DEL MOVADEF

Curiosamente, el discurso que desarrollan los activistas del MOVADEF sobre la reconciliación tiene ciertos elementos comunes con el discurso hegemónico. En efecto, aquel asume, también, que reconciliar al país significa lograr que se terminen los conflictos entre los peruanos, que los antagonismos del pasado –aquellos que nacieron en el contexto de la violencia– puedan ser dejados atrás para darle lugar a un nuevo proyecto de nación en el que todos los actores sociales y políticos estén representados. Para que esto sea posible, sería necesario tener cierta voluntad de olvido: es decir, el dolor por la violencia vivida no debería seguir siendo resaltado, sino que haría falta aprender a convivir en nuevas condiciones en las que los antes enemigos hoy se reencuentran para construir una nueva comunidad armónica. Reconciliación, entonces, no va directamente de la mano con memoria; más bien, para reconciliar hay que pasar la página de la violencia: hay que llegar a una situación de consenso y paz. Para aclarar esta cuestión, léanse las palabras de uno de los militantes jóvenes del MOVADEF:
 
“nuestra sociedad marcha a una sociedad antidemocrática, intolerante y que pues pretende repetir videos, y hechos lamentables, porque esos son hechos lamentables, de la guerra que vivió nuestro país. Pero justamente eso es lo que nosotros queremos solucionar. Al plantear reconciliación nacional planteamos que eso ya, muy doloroso, muy triste es cierto, debería ya terminar. Y pensamos que hay personas que trafican con los muertos porque el dolor, por ejemplo, se sigue levantando”. [Las cursivas son mías.]
 
Como vemos, reconciliación nacional es, aquí, terminar con el recuerdo doloroso del pasado. Repetir la violencia, retornar a la tristeza por lo lamentablemente ocurrido, sería un modo de hacer del presente un contexto estéril: en efecto, si seguimos cargando con el peso de la violencia, si seguimos traficando con los muertos y el dolor, ¿cómo podríamos ejercer nuestra agencia para desarrollar una sociedad más democrática y tolerante? Por ello, según el discurso del MOVADEF, reconciliar al país es darle lugar a políticas explícitamente dedicadas a dejar el pasado atrás: a esto apunta el pedido de amnistía general que realiza la organización, probablemente en la que es su demanda política más significativa. De acuerdo a esta expectativa, culminar con el encierro de todos los actores de la guerra sería un acto de justicia no simplemente para ellos, sino para el conjunto de la nación. Dar la amnistía general permitiría reconciliar al país, porque sería un modo de acabar con los odios, de darnos una nueva oportunidad de funcionar como conjunto. Otro activista joven del movimiento se expresa en estos términos:
 
“Yo en vez de condenar justamente busco una salida, porque comprendemos que con judicializaciones no se va a dar solución. Por eso es que estamos planteando amnistía general y reconciliación nacional. Y para eso fue creada la Comisión de la Verdad. Para eso. Pero mire qué ha pasado, que en vez de reconciliar al pueblo, a las partes que se enfrentaron, hoy sigue habiendo antagonismo”. [Las cursivas son mías.]
 
La acusación a la tarea de la CVR es clara y muy parecida, casi idéntica diría, a la que presentan algunos medios de comunicación y políticos conservadores de derecha: la Comisión falló porque, en vez de cerrar heridas, las abrió nuevamente; no se terminó con el antagonismo sino que se lo resaltó e hizo crecer. La diferencia entre la derecha –que comparte mucho con los discursos hegemónicos– y el MOVADEF está en la solución que encuentran a este problema: para la primera, se trata de excluir enteramente a toda representación o afinidad con lo que fue el terrorismo; para el movimiento, habría más bien que olvidarse de las diferencias entre terroristas y pacificadores, y pasar a un periodo de unidad y consenso nacional. Es decir, hay que terminar con los odios y las rivalidades. Las siguientes palabras de un joven activista son especialmente representativas de esta postura:
 
“en Lucanamarca, sigue ese pueblo antagonizado, hasta ahora. Hay gente que dice yo apoyo a los subversivos, yo he estado de acuerdo, otros dicen cómo vamos a apoyar a ellos. Se da cuenta que hay heridas en un pueblo, en un caso tan sonado. Hoy, casi 25 años después, 26 años, sigue habiendo eso”. [Las cursivas son mías.]
 
Es significativo que se aluda a Lucanamarca para resaltar “las heridas” que todavía existen en el país. Como sabemos, en tal localidad tuvo lugar una de las masacres más terribles de Sendero Luminoso, y me parece que la referencia a tal evento nos ayuda a comprender mejor la postura del MOVADEF acerca de la reconciliación (y, en general, de la memoria sobre los años de guerra). Para el movimiento, reconciliar es superar el dolor y borrar los antagonismos. Pero este pedido aparentemente neutro, para todos, resulta ambivalente en tanto que guarda una postura muy claramente política en favor de, como lo denominan los activistas de la organización, el Partido Comunista del Perú y su guerra revolucionaria. En tal sentido, dejar el pasado atrás sería no simplemente borrar el recuerdo de la violencia, sino reinterpretar tal recuerdo para que se deje de estigmatizar a los ex miembros de Sendero Luminoso. Así, un país reconciliado sería, para el MOVADEF, un país en donde se deja de juzgar a quienes no habrían llevado a cabo crímenes, sino acciones políticas en el contexto de una revolución popular.
 
Por ello, para el movimiento un síntoma de la ausencia de reconciliación en el país se encuentra en el modo en que se rechaza antidemocráticamente a sus activistas. Todo el discurso oficial que se esfuerza por mostrarlos como sujetos condenables por su relación con lo que fue Sendero Luminoso es interpretado como una consecuencia de los odios y rencores que siguen vivos en un país que no se ha reconciliado consigo mismo. Las siguientes palabras de un joven del MOVADEF nos aclaran esta idea: “Lo que vemos es que nuestro país necesita una amnistía general, una solución política para una reconciliación. No podemos seguir con odios y con rencores. No podemos estar, porque alguien piensa diferente, decir que te vamos a matar, que te vamos a linchar, que vamos a apedrear tu local”. Otra vez, como en el caso del discurso hegemónico de la reconciliación, esta es interpretada en su uso de diccionario: como la ausencia de conflictos y la unidad entre las partes. Lo curioso es que, aquí, no se quiere excluir a nadie para proteger al conjunto, más bien se pretende lograr una realidad sin fisuras, una totalidad definitiva en la que se haya erradicado cualquier indicio de diferencias. No excluir, sino incluir a todos. Para los activistas del movimiento, este sería el acto democrático a llevar a cabo en un contexto de postguerra. Reconciliar es, entonces, perdonar a todos y empezar de nuevo.
 
Termino esta sección con una nueva cita a un activista joven del movimiento, en donde se refleja la necesidad de abarcar a absolutamente todos los actores de la sociedad en un grupo homogéneo, incluso a aquellos que formalmente representan las posturas más incompatibles con la propia: “los militares que han sido participantes vivos en el proceso de la violencia que vivió el país, de aquellos hechos, ellos también están de acuerdo en que debemos entrar a un proceso de reconciliación nacional y debemos entrar a una solución política de todos esos problemas”.

viernes, 27 de septiembre de 2013

EL PROBLEMA DE LA RECONCILIACIÓN: DISCURSOS HEGEMÓNICOS

Referirse a cómo los medios y el poder han pensado la reconciliación es lo mismo que referirse al discurso que se ha instaurado como hegemónico en la cultura limeña (que es el contexto al que me referiré, al ser el que más directamente conozco). Los imaginarios desarrollados por representantes del poder político y por la prensa de las últimas dos décadas, acerca del conflicto armado interno en general, se han caracterizado por ser posturas homogéneas en las que poca o nula ha sido la verdadera posibilidad del desacuerdo, de la pluralidad de perspectivas en debate. Más bien, los consensos han sido elementales y se han asumido, en la opinión pública, como los modos autorizados culturalmente de referirse a los eventos de la guerra y a los actores que la ejercieron o sufrieron.
 
Tales consensos se han definido en una serie de estereotipos sobre las motivaciones de la violencia senderista y los modos en que hace falta enfrentarla. A partir de ello, ciertas categorías simbólicas –ciertos modos de concebir y experimentar el mundo social– se han estabilizado al punto de posicionarse más allá de toda posibilidad de examen crítico. En efecto, tal es la naturaleza de los estereotipos: se normalizan en los imaginarios de los sujetos y se convierten en sentido común compartido. Así, por ejemplo, en un contexto como el limeño asumimos que es absolutamente natural que los cánones de belleza estén ligados a características físicas eurocéntricas; o que los quechuahablantes tengan menos educación que los hispanohablantes. En el caso que aquí nos compete, la prensa y el poder han desarrollado estereotipos que hacen del “terrorista”, “senderista” o “subversivo” un sujeto que no pertenece al conjunto de la nación: un otro radical que invade el nosotros para destruirlo violentamente sin más motivaciones aparentes que una malignidad intrínseca.
 
Este es, evidentemente, un discurso maniqueo. La identidad senderista es presupuesta como un elemento que no simplemente hace falta excluir, sino que además ya en su naturaleza está afuera del grupo. En la prensa, colaboró a esto la utilización sistemática que se hizo –desde los primeros años de la década de 1980– de imágenes y relatos violentos como insumo para producir información sensacionalista. Esto devino en discursos que poco decían sobre las causas económicas o sociales de la subversión y se concentraban en los actos por sí mismos, presentados como demenciales y extravagantes. En el caso de los discursos desde el poder, es bien sabido que no se tuvo información fidedigna acerca de quiénes eran los agentes del terrorismo. A lo largo de todo su gobierno, Belaúnde defendió la tesis (que nunca rectificó) de Sendero Luminoso como una organización internacional que representaba al comunismo global y su guerra contra los países liberales no totalitarios. La división dualista/maniquea es evidente. Sobre ella se instauró el imaginario político acerca del senderista, quien siempre fue definido bajo el espectro de lo otro, lo ajeno, la diferencia fundamentalmente excluida.
 
De perspectivas como estas se desprende un discurso elemental e ingenuo de la reconciliación. A esta se la ha solido interpretar de forma literal: es decir, como el reencuentro de los amigos peleados entre sí, como el retorno de la amistad. Pero si Sendero ha sido definido como lo otro radical, ¿cómo entonces se puede imaginar la posibilidad de reunirse con quien no compartimos nada, con quien nunca ha sido nuestro igual? El maniqueísmo desarrollado en la prensa y el poder (y en la cultura en general) hace considerar que este tipo de reconciliación –el más básico, el que en verdad no tiene ningún sentido en periodos de postguerra– no puede darse nunca: ¿cómo podrían reunirse los dos extremos en disputa? El mal es el mal y, por naturaleza, no puede ser abarcado en los criterios del bien.
 
Por lo tanto, se pasa a negar la noción misma de reconciliación. Ella no tiene utilidad; es más, quienes la postulan serían mal intencionados, estarían buscando legitimar la violencia de los subversivos. Hace poco, cuando se cumplieron 10 años de la publicación del Informe Final de la CVR, la mayoría de medios de prensa coincidieron en que la Comisión había fallado en una cosa: lograr la reconciliación del país. Hay una ambivalencia en esta afirmación: se dice, por un lado que no hay reconciliación; es decir, que “las heridas no se han cerrado”, que el país sigue partido en dos, no se ha superado el conflicto. Pero por otro lado se da a entender que Sendero Luminoso debe desaparecer del todo; es decir, que no hay ninguna posibilidad de reconciliación con los representantes del terrorismo. No hay, entonces, deseo de reconciliación, no en el sentido elemental y chato en que ella es entendida. Lo que se desea, más bien, es eliminar enteramente la presencia perturbadora de lo que es representado como lo otro radical.
 
Algo parecido fue repetido por miembros de partidos políticos: criticaron las penas muy débiles que se ha dado a los terroristas, la permisividad que había con quienes habían salido de las cárceles, la aparición de nuevos sujetos vinculados a Sendero Luminoso. Otra vez, vemos aquí la necesidad de sacar del mapa al agente de la violencia. Por ello, también se niega la importancia de la reconciliación. Grafica muy bien esta postura lo que el mismo Valentín Paniagua expresó alguna vez sobre la adhesión de la palabra reconciliación en el nombre de la Comisión que su gobierno había creado. Mostró Paniagua su desacuerdo con esta medida y afirmó que él sólo había creado la Comisión de la Verdad. No entendía muy bien el sentido del nuevo concepto. Alan García, a la vez, ha repetido con énfasis que nunca vamos a reconciliarnos con los terroristas por lo que han hecho al país.
 
Tenemos, entonces, que desde los medios y el poder la reconciliación ha sido interpretada en su significado de diccionario: como reencuentro, como superación ingenua de la enemistad. En esta perspectiva, al menos dos ideas de fondo pueden ser leídas. Primero, se da la negación absoluta de Sendero Luminoso como un problema surgido y desarrollado en el contexto nacional. Es decir, se niega que la subversión sea parte de las relaciones conflictivas que se encarnan en nuestra propia nación, con lo que se escapa a la responsabilidad de asumir un problema que no es el de los violentos que decidieron, sanguinaria e irracionalmente, tomar las armas, sino el de un país que guarda en sí mismo conflictos profundos y tan graves como para dar lugar a un fenómeno como el senderista. Segundo, se cae en nociones paternalistas y vacías de misericordia. Se piensa que la relación maniquea entre violentos y víctimas necesita de nada más que consuelo para los afectados y condena para los culpables. No se asumen completamente cuestiones más importantes y complejas como la aplicación de la justicia para todo tipo de violadores de derechos humanos, o como la reparación material y simbólica para quienes no simplemente padecieron del mal, sino que fueron parte de relaciones de poder discriminatorias e injustas que no nacieron con la guerra. Si se niega la importancia de la reconciliación, se niega entonces la necesidad de decisiones y acciones auténticamente transformadoras de parte del gobierno y sus mecanismos. En efecto, si basta con borrar las representaciones del mal que infestaron al país, ¿para qué preocuparse por las estructuras que condicionaron esa violencia?

martes, 17 de septiembre de 2013

VENGANZA

 
Yo quería escribir sobre Old Boy (Park Chan-wook, 2003) y salió esto:
 
La estructura de la venganza es bastante sencilla: un sujeto sufre un mal que percibe como injusto y siente la necesidad angustiante de devolverle al responsable la misma moneda. La víctima del mal desea convertirse en agente del mal para dejar de estar subordinado a la violencia del otro, para quitarse de encima el peso humillante y culpable de haberse dejado someter. En tal sentido, la búsqueda de la venganza es, necesariamente, una búsqueda violenta. No se trata de restaurar el orden de las cosas, sino de subvertirlo por la fuerza: el esclavo quiere ser amo y convertir al amo en esclavo. No hay posibilidad de perdón, ya sea porque el agresor no se asume a sí mismo como responsable de un acto dañino (o lo niega sin vergüenza o lo afirma con soberbia), ya sea porque el agredido no es capaz de imaginar otra respuesta al mal que no sea la de la dominación directa y explícita del responsable; es decir, se quiere dominar al otro definitivamente: la violencia nunca termina. Estas dos opciones (la del agresor que no se hace responsable y la del agredido que no quiere más que venganza) no son, por supuesto, excluyentes.
 
La afirmación de la venganza es, entonces, la negación de la justicia. Para que esta última funcione, se deberían cumplir al menos dos condiciones: que el agresor realice una nueva acción –gustosamente o no– en la que se provee al agredido de un bien que procure restaurar (simbólica y/o materialmente) el orden moral de la situación injusta. Esto ocurre, por ejemplo, cuando el agresor ingresa a la cárcel. Aquí, la acción del agresor (repito, forzada o no) le provee al agredido la seguridad de que, al menos por un periodo de tiempo, aquel no será capaz de cometer una nueva injusticia, a la vez que sufrirá una significativa disminución en la calidad de su libertad. La segunda condición surgiría de la primera: hay realmente justicia cuando el sujeto agredido se siente satisfecho con el castigo que sufre el agresor y, por tanto, le pone fin a su búsqueda de venganza; es decir, le pone fin al dañino y angustiante deseo de violencia. Es cierto que esto depende exclusivamente del sujeto: nada ni nadie puede obligarlo a tener la percepción de que, en efecto, se ha hecho justicia y el mal no ha quedado impune. Sin embargo, hay circunstancias elementales que deberían funcionar para que esa percepción saludable sea posible: por ejemplo, que a nivel público se dé un reconocimiento intersubjetivo de la responsabilidad del agresor en su acto injusto; o que las condiciones económicas y culturales permitan al agredido ejercer su pertenencia al mundo social sin que esté en constante peligro de sufrir nuevas injusticias.
 
Pero de vuelta al tema central: la venganza no es capaz de generar tales condiciones y, por tanto, no es lo mismo que la justicia. En efecto, la venganza no supone ninguna acción del agresor en la que este pague por su delito; el agresor sufre de modo absolutamente pasivo, por lo que no le provee nada al agredido. Este último no goza de la sensación del orden moral restaurado, ya que –como ya afirmé antes– nunca llega a sentir que la venganza es suficiente. ¿Por qué? Porque el deseo de venganza es el deseo de tener al otro, al que agredió, bajo el propio dominio absoluto. La fantasía final del vengador es eliminar en su víctima todo indicio de subjetividad: toda posibilidad de agencia. El único final imaginable a la venganza es el de la inexistencia absoluta del agresor convertido en esclavo. Pero ocurre que para el amo/vengador resulta imposible hacer desaparecer del todo al subordinado. Por un lado, este sigue siendo, en la memoria, aquel que una vez agredió. Su subjetividad sigue viva, sigue dando testimonio de sí misma en los recuerdos, que mantienen presentes a la culpa y la angustia. Por otro lado, el amo necesita siempre al esclavo para ser reconocido como amo. Esta operación hegeliana nos revela que la dominación siempre es dependiente, nunca se desarrolla en un sujeto autónomo capaz de ejercer su libertad más allá de la relación jerárquica que tiene con aquel a quien subordina.
 
Repasemos lo que, bastante ridículamente, califiqué al inicio como sencillo: el sujeto que sufrió el mal desea convertirse en agente del mal; desea vengarse. La venganza siempre supone la subordinación por la fuerza del otro, por lo que la venganza siempre es violenta. En este proceso, no hay la posibilidad del perdón, que es precisamente lo que le da fin a la violencia. Pareciera entonces que venganza y justicia no son lo mismo. La justicia necesita de la acción restauradora del agresor y del fin de la búsqueda de venganza en el agredido. La venganza, por otro lado, supone la pasividad absoluta del agresor y la interminable búsqueda de venganza: de subordinar violentamente al otro.
 
¿Se desprende de esto que las curas para la venganza son el perdón y/o la justicia? Según parece, el perdón no, pero la justicia sí. Como consideré antes, la justicia sería lo que le pone fin a la venganza en tanto que restaura el orden moral de quien fue agredido. Justicia no es aquí simplemente el cumplimiento formal de la ley: justicia es además que la víctima sea reconocida como sujeto de valor social por aquellos que comparten con él un espacio público. Lo justo es aquí que el agresor pague una pena formal, pero también que sea condenado socialmente, de modo que la víctima goce de su pertenencia libre a una intersubjetividad. Veamos el otro caso: el del perdón. ¿Por qué este no es lo que le da fin a la venganza? Digamos primero que podría serlo. De hecho, si la venganza es violenta, no hay negación más directa de ella que la del perdón, que es el modo más transparente de afirmar que se desea la paz. Pero hay que tener en cuenta que el perdón no le corresponde al orden intersubjetivo. Sólo el sujeto, más allá de cómo es reconocido por los demás, o de qué es lo que exige la ley, puede tomar la decisión de perdonar. Esto significa que la víctima no está en la obligación de perdonar, no como una sociedad decente sí está en la obligación de hacer justicia. Esta puede estar acompañada del perdón, sin dudas, pero no lo necesita como algo esencial. En ese sentido, la venganza puede terminar con la presencia de la justicia pero con la ausencia del perdón. Este es útil, mas no indispensable.
 
Digámoslo así: la venganza puede llegar a su fin con el perdón, pero este no es un deber. Más bien, el deber nos dicta que es necesaria la justicia para asegurarnos, en todos los casos y para el bien no sólo del sujeto agredido sino de toda la comunidad, que no se haga común sentir la necesidad de la venganza tras haber sufrido una injusticia.

jueves, 12 de septiembre de 2013

EL PROBLEMA DE LA RECONCILIACIÓN (1)

 
 
Diez años han pasado desde la publicación del Informe Final de la CVR y nunca quedó del todo claro a qué se refería la “reconciliación”. Sobre la necesidad de abrir los caminos de la verdad parece haber cierto consenso, más allá de los constantes esfuerzos de posiciones conservadoras por relativizar el valor de la memoria y señalar que en un contexto de progreso como el peruano lo importante está adelante, en las posibilidades de crecimiento, no en el pasado, donde lo único a la vista es un infierno improductivo. Pero incluso en una perspectiva como esta, la verdad puede obtener valor en ciertas circunstancias. Por ejemplo, cuando se comenzó a hablar del peligro que suponían posturas como las del MOVADEF, existió un acuerdo general sobre el insuficiente conocimiento que se tenía del pasado violento, de las acciones terroristas, de la ideología que las guiaba, de los personajes que la promovían. Izquierdas, derechas, centros, centro-izquierdas y otras variantes coincidieron en que la verdad sobre el pasado sí puede ser una herramienta necesaria para enfrentar problemas del presente. “No hemos recordado lo suficiente”, dijeron todos y la memoria de la violencia cobró un valor hegemónico que antes nunca había adquirido (esto, por supuesto, debe ser matizado. Cada postura política interpretó de un modo diferente cómo hay que utilizar el conocimiento del pasado o incluso cuál es la verdad que hay que recordar: por ejemplo, representantes de la derecha conservadora abogaron por el conocimiento de la verdad a la vez que criticaron cómo había sido presentada y utilizada por la CVR).
 
La reconciliación y sus posibilidades, sin embargo, prácticamente no han sido discutidas. No sólo se trata de una noción alrededor de la que hay desacuerdos, sino que además no se sabe muy bien cómo comprenderla, qué decir sobre ella o por qué habría que prestarle atención. El concepto parece sencillo al nivel del uso cotidiano: reconciliarse, en la vida concreta, es dejar de lado la hostilidad y reunirse con quien antes fue tu enemigo. En este sentido, la reconciliación parece darse siempre con un sujeto particular: con la pareja o el amante, con el amigo o el familiar, con el compañero de equipo. Pero si hablamos de una nación entera, de comunidades completas, de partidos políticos, de la ciudadanía, ¿quién es aquí el que se reconcilia?, ¿a quién es necesario perdonar?, ¿a quién se le da una nueva oportunidad?
 
Con motivo de la conmemoración de los 10 años del Informe de la CVR, diversos medios de comunicación dedicaron algunas líneas a los logros y desaciertos que habíamos alcanzado como nación. Todos coincidieron en una cosa, y muchos incluso frasearon el problema con los mismos términos, ya repetidos hasta convertirse en clichés: las heridas no se han cerrado. ¿Cuál es el significado de esta expresión? En verdad son muchas las cosas que se quieren decir: que existe todavía resentimiento y odio en las personas que estuvieron involucradas directa o indirectamente en la violencia; que existen todavía agrupaciones como el MOVADEF y los armados “narcoterroristas” del VRAEM; que no ha habido consenso sobre cuál es la verdad histórica acerca de la guerra desarrollada en el país; que no hay reparación para las víctimas, que fosas clandestinas siguen sin ser tocadas y el número de desaparecidos es aún escandaloso; que las condiciones de vida no son hoy muy diferentes a las de finales de la década de 1970, en tanto que persisten la pobreza y la exclusión; incluso (o tal vez haya que decir sobre todo), que se sigue recordando, se sigue retornando a lo doloroso: es decir, que todavía tenemos “los ojos en la espalda” (como dicen que sentenció alguna vez el mismo Abimael Guzmán) y no damos vuelta a la página.
 
Muchos de estos pedazos de ideas sirven para justificar los discursos que diversas posturas han construido sobre la necesidad o inutilidad de la reconciliación. Quisiera repasar, en próximas entradas, las características de algunas de estas posturas y, en lo posible, señalar cuáles serían sus presupuestos más importantes y cuáles los elementos más valiosos o condenables que se pueden extraer de ellas –todo esto, por supuesto, desde mi particular y falible punto de vista. Las posturas que repasaré críticamente serán:
 
-          la que, en general, se ha extendido en las opiniones de los medios de comunicación y del discurso oficial del poder;
 
-          la que han desarrollado los activistas del MOVADEF;
 
-          la que puede ser atribuida al discurso de las FF. AA.;
 
-          la que, de forma bastante explícita, propuso la CVR en su Informe Final;
 
-          la que se ha desarrollado en algunos académicos como Gonzalo Gamio o Elizabeth Jelin;
 
-          la que se encuentra en las obras de algunos artistas como Mauricio Delgado, Jorge Miyagui o Edilberto Jiménez.
 
Si dan las energías y la creatividad, culminaré con algunas ideas propias.

jueves, 5 de septiembre de 2013

"Nunca olvidé y odio hasta ahora"

 
Mamá Angélica lucha por justicia. Su hijo le fue arrancado por fuerzas militares y desapareció en 1983, en medio de la guerra desatada por Sendero Luminoso y exaltada por el Estado. Pero mamá Angélica también odia; lo dice clara y repetitivamente, con énfasis. “Nunca olvidé y odio hasta ahora francamente”. En ella se expresan articuladas tres posibles respuestas a la violencia sufrida: el vacío de la desaparición se ha colmado con dolor, con espíritu de lucha y con odio. Pasividad, agencia constructiva y agencia destructiva. El odio, en efecto, va de la mano con el siempre angustiante deseo de venganza: odiar es sentir la imperiosa necesidad de responder al mal sufrido con un mal cometido. “Lo mataría a ellos [los militares] también, tranquilizaría de repente”.
 
¿Por qué odia mamá Angélica?
 
¿Es esta la pregunta correcta? No corresponde más bien preguntarse, más sincera y coherentemente: ¿cómo no va a odiar mamá Angélica? Le preguntan si ha perdonado. ¿Por qué perdonaría mamá Angélica? Sin justicia –se ha dicho ya varias veces– no hay perdón. Esto es cierto, pero hace falta un par de aclaraciones.
 
Primero, que cuando aquí hablamos de justicia debemos ir más allá de los marcos jurídicos, necesarios pero insuficientes. Las experiencias del odio y el perdón no le competen al derecho sino a la moral. Proveerles justicia a las madres como mamá Angélica va más allá del contexto del juzgado –tan deteriorado en nuestro país. En términos morales, ser justos con ellas pasaría por no permitir que los autores de los crímenes se den el lujo de no asumir su responsabilidad. Es decir, no permitir que puedan vivir como si no fueran los agentes de sus actos, como si no hubieran hecho lo que en efecto hicieron. En sociedades como las de nuestra nación, el militar que desapareció, asesinó y violó existe públicamente como si no hubiera participado nunca de tales hechos. Es un individuo que no se asume a sí mismo como sujeto de su acción. Y si no hay sujeto, no hay responsable. No hay a quién culpar, no hay a quién perdonar y no hay a quién odiar. ¿Sorprende entonces que mamá Angélica odie a todos los militares?
 
Segundo, que cuando hablamos del perdón no debemos caer en el común error de asumirlo como un sinónimo de la reconciliación. El valor del perdón no está en que los antes enemigos hoy puedan convertirse en amigos, sino en devolverle al sujeto afectado por la injusticia la posibilidad de vivir una vida estable, afirmativa, no una plagada de las contradicciones, angustias e incoherencias que pueblan el alma de aquel a quien se hizo el mal. La situación de la víctima es dolorosa porque su proyecto elemental de vida ha sido roto grotescamente. El pasado terrible se apodera de las opciones del presente y el futuro. No hay libertad de decisión ni acción. La carga de la injusticia sigue pesando. Por ello, si mamá Angélica es capaz alguna vez de perdonar, no será para que la conciencia del militar-asesino quede tranquila, para que los dos polos en hostilidad al fin se reúnan, sino para que ella pueda recomponer más fácilmente los pedazos de su identidad, aun cuando la ausencia de su hijo no vaya a ser nunca olvidada ni ignorada.
 
Pero ojo: el perdón no es una obligación. A la víctima no hay que exigirle nada. Nada. Su perdón depende sólo de ella, no de la sociedad, no del Estado, no del derecho. Es un paso que ella, exclusivamente, está en libertad y capacidad de dar.

lunes, 2 de septiembre de 2013

30 AÑOS DE LA ANFASEP

Dos de setiembre. La fecha se nos está pasando como cualquier otra. Los diarios cuentan entre sus temas más importantes a la suegra de Toledo, al abogado de Fujimori, al partido de la selección, a la foto del Papa. No hay mención ni recuerdo de algo que, a mi juicio, debería ser motivo de conmemoración nacional. Un 2 de setiembre de 1983, en medio de una guerra que empezaba a mostrar su rostro más inmisericorde y racista, un nutrido grupo de mujeres decididas le dieron inicio a la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú (ANFASEP). Hoy se cumplen 30 años de esa fecha y, si la memoria del país no fuera tan débil, si el reconocimiento del valor ciudadano de los pertenecientes a la nación no estuviera tan grotescamente ausente, deberíamos aprovechar para recordar que a las víctimas del conflicto armado interno no sólo se las debe pensar como personas pasivas, entregadas al lamento y al dolor improductivo del trauma. La conformación y acción de la ANFASEP nos recuerda que las víctimas fueron también sujetos con agencia que, valientemente, tomaron decisiones y se esforzaron por hacer que su sufrimiento no sea en vano, que las injusticias cometidas contra ellas y sus esposos, sus hijos, sus hermanos no queden impunes.

Las mujeres de la ANFASEP se organizaron para luchar por el reconocimiento de sus derechos cuando todo a su alrededor les decía que hacerlo era jugarse la vida, que mantenerse seguras significaba cerrar la boca, taparse los ojos y seguir para adelante; “voltear la página”, como gustan decir los amantes de la indiferencia.



En 1983, las madres de asesinados, secuestrados y desaparecidos fundaron, en Ayacucho, la organización que hasta el día de hoy se encuentra vigente y sigue actuando para lograr que la justicia alcance a las víctimas. Muy simbólica es la historia de su primera banderola, confeccionada con un material que representa, de forma ambivalente y admirable, la precariedad de la lucha y la capacidad de utilizar sus pocos recursos para ejercer la acción: se trataba de tocuyo crudo, material utilizado en los costales de harina por comerciantes de mercado. Según cuentan las madres, el tocuyo fue regalado por panaderos; en él, se pintaron consignas en las que se resalta la necesidad de la justicia y el reclamo de los afectados. Entre otras cosas, se lee: “Construyamos una América Latina sin desaparecidos. Por la libertad de nuestros familiares. Vivos los llevaron, vivos los queremos!”. Estas son palabras ligadas a los discursos latinoamericanos en defensa de los derechos humanos, en donde, antes que la pena por la pérdida (importante, sin dudas), se pone énfasis en la fuerza de las demandas. Con atino conmovedor, las madres le dieron a la banderola un nombre apropiado: “La Luchadora”.

Esta actitud de lucha se representa también en la primera presidenta de la Asociación: Angélica Mendoza de Ascarza, “mamá Angélica”, quien hoy se ha convertido en un rostro representativo de las víctimas ayacuchanas de la violencia (tanto la subversiva como la del Estado). Son especialmente significativas las palabras con las que ella confrontó a militares mientras buscaba entre los cuerpos destrozados a su hijo desaparecido. Cuando la abordaron y le exigieron marcharse del lugar, mientras disparaban al aire, ella respondió, no con actitud dolida ni en busca de la lástima de los armados, sino en directo y valiente desafío de su abusiva autoridad: “Señor, yo no tengo miedo de morir, moriré, les dejaré los cinco solcitos que tengo por la pérdida de su bala, pero dígame, dónde está mi hijo, cuando sepa dónde está mi hijo, voy a morir tranquila”.

Mamá Angélica sabe, mientras lanza sus palabras, del peligro latente que corre. Pero su amor de madre puede más. Enfrenta directamente a la amenaza y ejerce su activa capacidad de demanda y resistencia frente a la injusticia. Mamá Angélica lucha. Y ya son 30 años.