martes, 17 de septiembre de 2013

VENGANZA

 
Yo quería escribir sobre Old Boy (Park Chan-wook, 2003) y salió esto:
 
La estructura de la venganza es bastante sencilla: un sujeto sufre un mal que percibe como injusto y siente la necesidad angustiante de devolverle al responsable la misma moneda. La víctima del mal desea convertirse en agente del mal para dejar de estar subordinado a la violencia del otro, para quitarse de encima el peso humillante y culpable de haberse dejado someter. En tal sentido, la búsqueda de la venganza es, necesariamente, una búsqueda violenta. No se trata de restaurar el orden de las cosas, sino de subvertirlo por la fuerza: el esclavo quiere ser amo y convertir al amo en esclavo. No hay posibilidad de perdón, ya sea porque el agresor no se asume a sí mismo como responsable de un acto dañino (o lo niega sin vergüenza o lo afirma con soberbia), ya sea porque el agredido no es capaz de imaginar otra respuesta al mal que no sea la de la dominación directa y explícita del responsable; es decir, se quiere dominar al otro definitivamente: la violencia nunca termina. Estas dos opciones (la del agresor que no se hace responsable y la del agredido que no quiere más que venganza) no son, por supuesto, excluyentes.
 
La afirmación de la venganza es, entonces, la negación de la justicia. Para que esta última funcione, se deberían cumplir al menos dos condiciones: que el agresor realice una nueva acción –gustosamente o no– en la que se provee al agredido de un bien que procure restaurar (simbólica y/o materialmente) el orden moral de la situación injusta. Esto ocurre, por ejemplo, cuando el agresor ingresa a la cárcel. Aquí, la acción del agresor (repito, forzada o no) le provee al agredido la seguridad de que, al menos por un periodo de tiempo, aquel no será capaz de cometer una nueva injusticia, a la vez que sufrirá una significativa disminución en la calidad de su libertad. La segunda condición surgiría de la primera: hay realmente justicia cuando el sujeto agredido se siente satisfecho con el castigo que sufre el agresor y, por tanto, le pone fin a su búsqueda de venganza; es decir, le pone fin al dañino y angustiante deseo de violencia. Es cierto que esto depende exclusivamente del sujeto: nada ni nadie puede obligarlo a tener la percepción de que, en efecto, se ha hecho justicia y el mal no ha quedado impune. Sin embargo, hay circunstancias elementales que deberían funcionar para que esa percepción saludable sea posible: por ejemplo, que a nivel público se dé un reconocimiento intersubjetivo de la responsabilidad del agresor en su acto injusto; o que las condiciones económicas y culturales permitan al agredido ejercer su pertenencia al mundo social sin que esté en constante peligro de sufrir nuevas injusticias.
 
Pero de vuelta al tema central: la venganza no es capaz de generar tales condiciones y, por tanto, no es lo mismo que la justicia. En efecto, la venganza no supone ninguna acción del agresor en la que este pague por su delito; el agresor sufre de modo absolutamente pasivo, por lo que no le provee nada al agredido. Este último no goza de la sensación del orden moral restaurado, ya que –como ya afirmé antes– nunca llega a sentir que la venganza es suficiente. ¿Por qué? Porque el deseo de venganza es el deseo de tener al otro, al que agredió, bajo el propio dominio absoluto. La fantasía final del vengador es eliminar en su víctima todo indicio de subjetividad: toda posibilidad de agencia. El único final imaginable a la venganza es el de la inexistencia absoluta del agresor convertido en esclavo. Pero ocurre que para el amo/vengador resulta imposible hacer desaparecer del todo al subordinado. Por un lado, este sigue siendo, en la memoria, aquel que una vez agredió. Su subjetividad sigue viva, sigue dando testimonio de sí misma en los recuerdos, que mantienen presentes a la culpa y la angustia. Por otro lado, el amo necesita siempre al esclavo para ser reconocido como amo. Esta operación hegeliana nos revela que la dominación siempre es dependiente, nunca se desarrolla en un sujeto autónomo capaz de ejercer su libertad más allá de la relación jerárquica que tiene con aquel a quien subordina.
 
Repasemos lo que, bastante ridículamente, califiqué al inicio como sencillo: el sujeto que sufrió el mal desea convertirse en agente del mal; desea vengarse. La venganza siempre supone la subordinación por la fuerza del otro, por lo que la venganza siempre es violenta. En este proceso, no hay la posibilidad del perdón, que es precisamente lo que le da fin a la violencia. Pareciera entonces que venganza y justicia no son lo mismo. La justicia necesita de la acción restauradora del agresor y del fin de la búsqueda de venganza en el agredido. La venganza, por otro lado, supone la pasividad absoluta del agresor y la interminable búsqueda de venganza: de subordinar violentamente al otro.
 
¿Se desprende de esto que las curas para la venganza son el perdón y/o la justicia? Según parece, el perdón no, pero la justicia sí. Como consideré antes, la justicia sería lo que le pone fin a la venganza en tanto que restaura el orden moral de quien fue agredido. Justicia no es aquí simplemente el cumplimiento formal de la ley: justicia es además que la víctima sea reconocida como sujeto de valor social por aquellos que comparten con él un espacio público. Lo justo es aquí que el agresor pague una pena formal, pero también que sea condenado socialmente, de modo que la víctima goce de su pertenencia libre a una intersubjetividad. Veamos el otro caso: el del perdón. ¿Por qué este no es lo que le da fin a la venganza? Digamos primero que podría serlo. De hecho, si la venganza es violenta, no hay negación más directa de ella que la del perdón, que es el modo más transparente de afirmar que se desea la paz. Pero hay que tener en cuenta que el perdón no le corresponde al orden intersubjetivo. Sólo el sujeto, más allá de cómo es reconocido por los demás, o de qué es lo que exige la ley, puede tomar la decisión de perdonar. Esto significa que la víctima no está en la obligación de perdonar, no como una sociedad decente sí está en la obligación de hacer justicia. Esta puede estar acompañada del perdón, sin dudas, pero no lo necesita como algo esencial. En ese sentido, la venganza puede terminar con la presencia de la justicia pero con la ausencia del perdón. Este es útil, mas no indispensable.
 
Digámoslo así: la venganza puede llegar a su fin con el perdón, pero este no es un deber. Más bien, el deber nos dicta que es necesaria la justicia para asegurarnos, en todos los casos y para el bien no sólo del sujeto agredido sino de toda la comunidad, que no se haga común sentir la necesidad de la venganza tras haber sufrido una injusticia.

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