Yo quería escribir sobre Old Boy (Park Chan-wook, 2003) y salió esto:
La estructura de la venganza es bastante sencilla: un sujeto
sufre un mal que percibe como injusto y siente la necesidad angustiante de
devolverle al responsable la misma moneda. La víctima del mal desea convertirse
en agente del mal para dejar de estar subordinado a la violencia del otro, para
quitarse de encima el peso humillante y culpable de haberse dejado someter. En
tal sentido, la búsqueda de la venganza es, necesariamente, una búsqueda
violenta. No se trata de restaurar el orden de las cosas, sino de subvertirlo
por la fuerza: el esclavo quiere ser amo y convertir al amo en esclavo. No hay
posibilidad de perdón, ya sea porque el agresor no se asume a sí mismo como
responsable de un acto dañino (o lo niega sin vergüenza o lo afirma con
soberbia), ya sea porque el agredido no es capaz de imaginar otra respuesta al
mal que no sea la de la dominación directa y explícita del responsable; es
decir, se quiere dominar al otro definitivamente:
la violencia nunca termina. Estas dos opciones (la del agresor que no se hace
responsable y la del agredido que no quiere más que venganza) no son, por
supuesto, excluyentes.
La afirmación de la venganza es, entonces, la negación de la
justicia. Para que esta última funcione, se deberían cumplir al menos dos
condiciones: que el agresor realice una nueva acción –gustosamente o no– en la
que se provee al agredido de un bien que procure restaurar (simbólica y/o
materialmente) el orden moral de la situación injusta. Esto ocurre, por
ejemplo, cuando el agresor ingresa a la cárcel. Aquí, la acción del agresor (repito,
forzada o no) le provee al agredido la seguridad de que, al menos por un
periodo de tiempo, aquel no será capaz de cometer una nueva injusticia, a la
vez que sufrirá una significativa disminución en la calidad de su libertad. La
segunda condición surgiría de la primera: hay realmente justicia cuando el
sujeto agredido se siente satisfecho con el castigo que sufre el agresor y, por
tanto, le pone fin a su búsqueda de venganza; es decir, le pone fin al dañino y
angustiante deseo de violencia. Es cierto que esto depende exclusivamente del
sujeto: nada ni nadie puede obligarlo a tener la percepción de que, en efecto,
se ha hecho justicia y el mal no ha quedado impune. Sin embargo, hay
circunstancias elementales que deberían funcionar para que esa percepción
saludable sea posible: por ejemplo, que a nivel público se dé un reconocimiento
intersubjetivo de la responsabilidad del agresor en su acto injusto; o que las
condiciones económicas y culturales permitan al agredido ejercer su pertenencia
al mundo social sin que esté en constante peligro de sufrir nuevas injusticias.
Pero de vuelta al tema central: la venganza no es capaz de
generar tales condiciones y, por tanto, no es lo mismo que la justicia. En
efecto, la venganza no supone ninguna acción del agresor en la que este pague
por su delito; el agresor sufre de modo absolutamente pasivo, por lo que no le
provee nada al agredido. Este último no goza de la sensación del orden moral
restaurado, ya que –como ya afirmé antes– nunca llega a sentir que la venganza
es suficiente. ¿Por qué? Porque el deseo de venganza es el deseo de tener al
otro, al que agredió, bajo el propio dominio absoluto. La fantasía final del
vengador es eliminar en su víctima todo indicio de subjetividad: toda
posibilidad de agencia. El único final imaginable a la venganza es el de la
inexistencia absoluta del agresor convertido en esclavo. Pero ocurre que para
el amo/vengador resulta imposible hacer desaparecer del todo al subordinado.
Por un lado, este sigue siendo, en la memoria, aquel que una vez agredió. Su
subjetividad sigue viva, sigue dando testimonio de sí misma en los recuerdos,
que mantienen presentes a la culpa y la angustia. Por otro lado, el amo
necesita siempre al esclavo para ser reconocido como amo. Esta operación
hegeliana nos revela que la dominación siempre es dependiente, nunca se
desarrolla en un sujeto autónomo capaz de ejercer su libertad más allá de la
relación jerárquica que tiene con aquel a quien subordina.
Repasemos lo que, bastante ridículamente, califiqué al
inicio como sencillo: el sujeto que sufrió el mal desea convertirse en agente
del mal; desea vengarse. La venganza siempre supone la subordinación por la
fuerza del otro, por lo que la venganza siempre es violenta. En este proceso,
no hay la posibilidad del perdón, que es precisamente lo que le da fin a la
violencia. Pareciera entonces que venganza y justicia no son lo mismo. La
justicia necesita de la acción restauradora del agresor y del fin de la
búsqueda de venganza en el agredido. La venganza, por otro lado, supone la
pasividad absoluta del agresor y la interminable búsqueda de venganza: de
subordinar violentamente al otro.
¿Se desprende de esto que las curas para la venganza son el
perdón y/o la justicia? Según parece, el perdón no, pero la justicia sí. Como
consideré antes, la justicia sería lo que le pone fin a la venganza en tanto
que restaura el orden moral de quien fue agredido. Justicia no es aquí
simplemente el cumplimiento formal de la ley: justicia es además que la víctima
sea reconocida como sujeto de valor social por aquellos que comparten con él un
espacio público. Lo justo es aquí que el agresor pague una pena formal, pero
también que sea condenado socialmente, de modo que la víctima goce de su
pertenencia libre a una intersubjetividad. Veamos el otro caso: el del perdón.
¿Por qué este no es lo que le da fin a la venganza? Digamos primero que podría
serlo. De hecho, si la venganza es violenta, no hay negación más directa de
ella que la del perdón, que es el modo más transparente de afirmar que se desea
la paz. Pero hay que tener en cuenta que el perdón no le corresponde al orden
intersubjetivo. Sólo el sujeto, más allá de cómo es reconocido por los demás, o
de qué es lo que exige la ley, puede tomar la decisión de perdonar. Esto
significa que la víctima no está en la obligación de perdonar, no como una
sociedad decente sí está en la obligación de hacer justicia. Esta puede estar
acompañada del perdón, sin dudas, pero no lo necesita como algo esencial. En
ese sentido, la venganza puede terminar con la presencia de la justicia pero
con la ausencia del perdón. Este es útil, mas no indispensable.
Digámoslo así: la venganza puede llegar a su fin con el perdón,
pero este no es un deber. Más bien, el deber nos dicta que es necesaria la justicia para asegurarnos, en
todos los casos y para el bien no sólo del sujeto agredido sino de toda la
comunidad, que no se haga común sentir la necesidad de la venganza tras haber
sufrido una injusticia.

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