jueves, 12 de septiembre de 2013

EL PROBLEMA DE LA RECONCILIACIÓN (1)

 
 
Diez años han pasado desde la publicación del Informe Final de la CVR y nunca quedó del todo claro a qué se refería la “reconciliación”. Sobre la necesidad de abrir los caminos de la verdad parece haber cierto consenso, más allá de los constantes esfuerzos de posiciones conservadoras por relativizar el valor de la memoria y señalar que en un contexto de progreso como el peruano lo importante está adelante, en las posibilidades de crecimiento, no en el pasado, donde lo único a la vista es un infierno improductivo. Pero incluso en una perspectiva como esta, la verdad puede obtener valor en ciertas circunstancias. Por ejemplo, cuando se comenzó a hablar del peligro que suponían posturas como las del MOVADEF, existió un acuerdo general sobre el insuficiente conocimiento que se tenía del pasado violento, de las acciones terroristas, de la ideología que las guiaba, de los personajes que la promovían. Izquierdas, derechas, centros, centro-izquierdas y otras variantes coincidieron en que la verdad sobre el pasado sí puede ser una herramienta necesaria para enfrentar problemas del presente. “No hemos recordado lo suficiente”, dijeron todos y la memoria de la violencia cobró un valor hegemónico que antes nunca había adquirido (esto, por supuesto, debe ser matizado. Cada postura política interpretó de un modo diferente cómo hay que utilizar el conocimiento del pasado o incluso cuál es la verdad que hay que recordar: por ejemplo, representantes de la derecha conservadora abogaron por el conocimiento de la verdad a la vez que criticaron cómo había sido presentada y utilizada por la CVR).
 
La reconciliación y sus posibilidades, sin embargo, prácticamente no han sido discutidas. No sólo se trata de una noción alrededor de la que hay desacuerdos, sino que además no se sabe muy bien cómo comprenderla, qué decir sobre ella o por qué habría que prestarle atención. El concepto parece sencillo al nivel del uso cotidiano: reconciliarse, en la vida concreta, es dejar de lado la hostilidad y reunirse con quien antes fue tu enemigo. En este sentido, la reconciliación parece darse siempre con un sujeto particular: con la pareja o el amante, con el amigo o el familiar, con el compañero de equipo. Pero si hablamos de una nación entera, de comunidades completas, de partidos políticos, de la ciudadanía, ¿quién es aquí el que se reconcilia?, ¿a quién es necesario perdonar?, ¿a quién se le da una nueva oportunidad?
 
Con motivo de la conmemoración de los 10 años del Informe de la CVR, diversos medios de comunicación dedicaron algunas líneas a los logros y desaciertos que habíamos alcanzado como nación. Todos coincidieron en una cosa, y muchos incluso frasearon el problema con los mismos términos, ya repetidos hasta convertirse en clichés: las heridas no se han cerrado. ¿Cuál es el significado de esta expresión? En verdad son muchas las cosas que se quieren decir: que existe todavía resentimiento y odio en las personas que estuvieron involucradas directa o indirectamente en la violencia; que existen todavía agrupaciones como el MOVADEF y los armados “narcoterroristas” del VRAEM; que no ha habido consenso sobre cuál es la verdad histórica acerca de la guerra desarrollada en el país; que no hay reparación para las víctimas, que fosas clandestinas siguen sin ser tocadas y el número de desaparecidos es aún escandaloso; que las condiciones de vida no son hoy muy diferentes a las de finales de la década de 1970, en tanto que persisten la pobreza y la exclusión; incluso (o tal vez haya que decir sobre todo), que se sigue recordando, se sigue retornando a lo doloroso: es decir, que todavía tenemos “los ojos en la espalda” (como dicen que sentenció alguna vez el mismo Abimael Guzmán) y no damos vuelta a la página.
 
Muchos de estos pedazos de ideas sirven para justificar los discursos que diversas posturas han construido sobre la necesidad o inutilidad de la reconciliación. Quisiera repasar, en próximas entradas, las características de algunas de estas posturas y, en lo posible, señalar cuáles serían sus presupuestos más importantes y cuáles los elementos más valiosos o condenables que se pueden extraer de ellas –todo esto, por supuesto, desde mi particular y falible punto de vista. Las posturas que repasaré críticamente serán:
 
-          la que, en general, se ha extendido en las opiniones de los medios de comunicación y del discurso oficial del poder;
 
-          la que han desarrollado los activistas del MOVADEF;
 
-          la que puede ser atribuida al discurso de las FF. AA.;
 
-          la que, de forma bastante explícita, propuso la CVR en su Informe Final;
 
-          la que se ha desarrollado en algunos académicos como Gonzalo Gamio o Elizabeth Jelin;
 
-          la que se encuentra en las obras de algunos artistas como Mauricio Delgado, Jorge Miyagui o Edilberto Jiménez.
 
Si dan las energías y la creatividad, culminaré con algunas ideas propias.

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