Diez años han pasado desde la publicación del Informe Final de la CVR y nunca quedó
del todo claro a qué se refería la “reconciliación”. Sobre la necesidad de
abrir los caminos de la verdad parece haber cierto consenso, más allá de los
constantes esfuerzos de posiciones conservadoras por relativizar el valor de la
memoria y señalar que en un contexto de progreso como el peruano lo importante
está adelante, en las posibilidades de crecimiento, no en el pasado, donde lo
único a la vista es un infierno improductivo. Pero incluso en una perspectiva
como esta, la verdad puede obtener valor en ciertas circunstancias. Por
ejemplo, cuando se comenzó a hablar del peligro que suponían posturas como las
del MOVADEF, existió un acuerdo general sobre el insuficiente conocimiento que
se tenía del pasado violento, de las acciones terroristas, de la ideología que
las guiaba, de los personajes que la promovían. Izquierdas, derechas, centros,
centro-izquierdas y otras variantes coincidieron en que la verdad sobre el
pasado sí puede ser una herramienta necesaria para enfrentar problemas del
presente. “No hemos recordado lo suficiente”, dijeron todos y la memoria de la violencia cobró un valor hegemónico que
antes nunca había adquirido (esto, por supuesto, debe ser matizado. Cada
postura política interpretó de un modo diferente cómo hay que utilizar el conocimiento
del pasado o incluso cuál es la verdad que hay que recordar: por ejemplo,
representantes de la derecha conservadora abogaron por el conocimiento de la
verdad a la vez que criticaron cómo había sido presentada y utilizada por la
CVR).
La reconciliación y sus posibilidades, sin embargo,
prácticamente no han sido discutidas. No sólo se trata de una noción alrededor
de la que hay desacuerdos, sino que además no se sabe muy bien cómo
comprenderla, qué decir sobre ella o por qué habría que prestarle atención. El
concepto parece sencillo al nivel del uso cotidiano: reconciliarse, en la vida
concreta, es dejar de lado la hostilidad y reunirse con quien antes fue tu
enemigo. En este sentido, la reconciliación parece darse siempre con un sujeto
particular: con la pareja o el amante, con el amigo o el familiar, con el
compañero de equipo. Pero si hablamos de una nación entera, de comunidades completas,
de partidos políticos, de la ciudadanía, ¿quién
es aquí el que se reconcilia?, ¿a quién
es necesario perdonar?, ¿a quién se
le da una nueva oportunidad?
Con motivo de la conmemoración de los 10 años del Informe de
la CVR, diversos medios de comunicación dedicaron algunas líneas a los logros y
desaciertos que habíamos alcanzado como nación. Todos coincidieron en una cosa,
y muchos incluso frasearon el problema con los mismos términos, ya repetidos
hasta convertirse en clichés: las heridas
no se han cerrado. ¿Cuál es el significado de esta expresión? En verdad son
muchas las cosas que se quieren decir: que existe todavía resentimiento y odio
en las personas que estuvieron involucradas directa o indirectamente en la
violencia; que existen todavía agrupaciones como el MOVADEF y los armados
“narcoterroristas” del VRAEM; que no ha habido consenso sobre cuál es la verdad
histórica acerca de la guerra desarrollada en el país; que no hay reparación
para las víctimas, que fosas clandestinas siguen sin ser tocadas y el número de
desaparecidos es aún escandaloso; que las condiciones de vida no son hoy muy
diferentes a las de finales de la década de 1970, en tanto que persisten la
pobreza y la exclusión; incluso (o tal vez haya que decir sobre todo), que se sigue recordando, se sigue retornando a lo
doloroso: es decir, que todavía tenemos “los ojos en la espalda” (como dicen
que sentenció alguna vez el mismo Abimael Guzmán) y no damos vuelta a la
página.
Muchos de estos pedazos de ideas sirven para justificar los
discursos que diversas posturas han construido sobre la necesidad o inutilidad
de la reconciliación. Quisiera
repasar, en próximas entradas, las características de algunas de estas posturas y, en
lo posible, señalar cuáles serían sus presupuestos más importantes y cuáles los
elementos más valiosos o condenables que se pueden extraer de ellas –todo esto,
por supuesto, desde mi particular y falible punto de vista. Las posturas que
repasaré críticamente serán:
-
la que, en general, se ha extendido en las
opiniones de los medios de comunicación y
del discurso oficial del poder;
-
la que han desarrollado los activistas del MOVADEF;
-
la que puede ser atribuida al discurso de las FF. AA.;
-
la que, de forma bastante explícita, propuso la
CVR en su Informe Final;
-
la que se ha desarrollado en algunos académicos como Gonzalo Gamio o
Elizabeth Jelin;
-
la que se encuentra en las obras de algunos artistas como Mauricio Delgado, Jorge
Miyagui o Edilberto Jiménez.
Si dan las energías y la creatividad, culminaré con algunas
ideas propias.

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