Mamá Angélica lucha por justicia. Su hijo le fue arrancado
por fuerzas militares y desapareció en 1983, en medio de la guerra desatada por
Sendero Luminoso y exaltada por el Estado. Pero mamá Angélica también odia; lo
dice clara y repetitivamente, con énfasis. “Nunca olvidé y odio hasta ahora
francamente”. En ella se expresan articuladas tres posibles respuestas a la
violencia sufrida: el vacío de la desaparición se ha colmado con dolor, con
espíritu de lucha y con odio. Pasividad, agencia constructiva y agencia
destructiva. El odio, en efecto, va de la mano con el siempre angustiante deseo
de venganza: odiar es sentir la imperiosa necesidad de responder al mal sufrido
con un mal cometido. “Lo mataría a ellos [los militares] también,
tranquilizaría de repente”.
¿Por qué odia mamá Angélica?
¿Es esta la pregunta correcta? No corresponde más bien
preguntarse, más sincera y coherentemente: ¿cómo no va a odiar mamá Angélica? Le
preguntan si ha perdonado. ¿Por qué perdonaría mamá Angélica? Sin justicia –se
ha dicho ya varias veces– no hay perdón. Esto es cierto, pero hace falta un par
de aclaraciones.
Primero, que cuando aquí hablamos de justicia debemos ir más
allá de los marcos jurídicos, necesarios pero insuficientes. Las experiencias del
odio y el perdón no le competen al derecho sino a la moral. Proveerles justicia
a las madres como mamá Angélica va más allá del contexto del juzgado –tan
deteriorado en nuestro país. En términos morales, ser justos con ellas pasaría
por no permitir que los autores de los crímenes se den el lujo de no asumir su
responsabilidad. Es decir, no permitir que puedan vivir como si no fueran los
agentes de sus actos, como si no hubieran hecho lo que en efecto hicieron. En
sociedades como las de nuestra nación, el militar que desapareció, asesinó y violó
existe públicamente como si no hubiera participado nunca de tales hechos. Es un
individuo que no se asume a sí mismo como sujeto de su acción. Y si no hay
sujeto, no hay responsable. No hay a quién culpar, no hay a quién perdonar y no
hay a quién odiar. ¿Sorprende entonces que mamá Angélica odie a todos los militares?
Segundo, que cuando hablamos del perdón no debemos caer en
el común error de asumirlo como un sinónimo de la reconciliación. El valor del
perdón no está en que los antes enemigos hoy puedan convertirse en amigos, sino
en devolverle al sujeto afectado por la injusticia la posibilidad de vivir una
vida estable, afirmativa, no una plagada de las contradicciones, angustias e
incoherencias que pueblan el alma de aquel a quien se hizo el mal. La situación
de la víctima es dolorosa porque su proyecto elemental de vida ha sido roto
grotescamente. El pasado terrible se apodera de las opciones del presente y el
futuro. No hay libertad de decisión ni acción. La carga de la injusticia sigue
pesando. Por ello, si mamá Angélica es capaz alguna vez de perdonar, no será
para que la conciencia del militar-asesino quede tranquila, para que los dos polos
en hostilidad al fin se reúnan, sino para que ella pueda recomponer más
fácilmente los pedazos de su identidad, aun cuando la ausencia de su hijo no
vaya a ser nunca olvidada ni ignorada.
Pero ojo: el perdón no
es una obligación. A la víctima no hay que exigirle nada. Nada. Su perdón
depende sólo de ella, no de la sociedad, no del Estado, no del derecho. Es un
paso que ella, exclusivamente, está en libertad y capacidad de dar.
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