Dos de setiembre. La fecha se nos está pasando como
cualquier otra. Los diarios cuentan entre sus temas más importantes a la suegra
de Toledo, al abogado de Fujimori, al partido de la selección, a la foto del
Papa. No hay mención ni recuerdo de algo que, a mi juicio, debería ser motivo
de conmemoración nacional. Un 2 de setiembre de 1983, en medio de una guerra
que empezaba a mostrar su rostro más inmisericorde y racista, un nutrido grupo
de mujeres decididas le dieron inicio a la Asociación Nacional de Familiares de
Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú (ANFASEP). Hoy se cumplen 30 años
de esa fecha y, si la memoria del país no fuera tan débil, si el reconocimiento
del valor ciudadano de los pertenecientes a la nación no estuviera tan
grotescamente ausente, deberíamos aprovechar para recordar que a las víctimas
del conflicto armado interno no sólo se las debe pensar como personas pasivas, entregadas
al lamento y al dolor improductivo del trauma. La conformación y acción de la
ANFASEP nos recuerda que las víctimas fueron también sujetos con agencia que,
valientemente, tomaron decisiones y se esforzaron por hacer que su sufrimiento
no sea en vano, que las injusticias cometidas contra ellas y sus esposos, sus
hijos, sus hermanos no queden impunes.
Las mujeres de la ANFASEP se organizaron para luchar por el
reconocimiento de sus derechos cuando todo a su alrededor les decía que hacerlo
era jugarse la vida, que mantenerse seguras significaba cerrar la boca, taparse
los ojos y seguir para adelante; “voltear la página”, como gustan decir los
amantes de la indiferencia.
En 1983, las madres
de asesinados, secuestrados y desaparecidos fundaron, en Ayacucho, la
organización que hasta el día de hoy se encuentra vigente y sigue actuando para
lograr que la justicia alcance a las víctimas. Muy simbólica es la
historia de su primera banderola, confeccionada con un material que representa,
de forma ambivalente y admirable, la precariedad de la lucha y la capacidad de
utilizar sus pocos recursos para ejercer la acción: se trataba
de tocuyo crudo, material utilizado en los costales de harina por comerciantes
de mercado. Según cuentan las madres, el tocuyo fue regalado por panaderos; en
él, se pintaron consignas en las que se resalta la necesidad de la justicia y
el reclamo de los afectados. Entre otras cosas, se lee: “Construyamos una
América Latina sin desaparecidos. Por la libertad de nuestros familiares. Vivos
los llevaron, vivos los queremos!”. Estas son palabras ligadas a los discursos
latinoamericanos en defensa de los derechos humanos, en donde, antes que la
pena por la pérdida (importante, sin dudas), se pone énfasis en la fuerza de
las demandas. Con atino conmovedor, las madres le dieron a la banderola un
nombre apropiado: “La Luchadora”.
Esta actitud de lucha se representa también en la
primera presidenta de la Asociación: Angélica Mendoza de Ascarza, “mamá Angélica”, quien
hoy se ha convertido en un rostro representativo de las víctimas ayacuchanas de
la violencia (tanto la subversiva como la del Estado). Son especialmente
significativas las palabras con las que ella confrontó a militares mientras
buscaba entre los cuerpos destrozados a su hijo desaparecido. Cuando la
abordaron y le exigieron marcharse del lugar, mientras disparaban al aire, ella
respondió, no con actitud dolida ni en busca de la lástima de los armados, sino
en directo y valiente desafío de su abusiva autoridad: “Señor, yo no tengo
miedo de morir, moriré, les dejaré los cinco solcitos que tengo por la pérdida
de su bala, pero dígame, dónde está mi hijo, cuando sepa dónde está mi hijo,
voy a morir tranquila”.
Mamá Angélica sabe, mientras lanza sus palabras, del peligro
latente que corre. Pero su amor de madre puede más. Enfrenta directamente a la
amenaza y ejerce su activa capacidad de demanda y resistencia frente a la
injusticia. Mamá Angélica lucha. Y ya son 30 años.

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