viernes, 27 de septiembre de 2013

EL PROBLEMA DE LA RECONCILIACIÓN: DISCURSOS HEGEMÓNICOS

Referirse a cómo los medios y el poder han pensado la reconciliación es lo mismo que referirse al discurso que se ha instaurado como hegemónico en la cultura limeña (que es el contexto al que me referiré, al ser el que más directamente conozco). Los imaginarios desarrollados por representantes del poder político y por la prensa de las últimas dos décadas, acerca del conflicto armado interno en general, se han caracterizado por ser posturas homogéneas en las que poca o nula ha sido la verdadera posibilidad del desacuerdo, de la pluralidad de perspectivas en debate. Más bien, los consensos han sido elementales y se han asumido, en la opinión pública, como los modos autorizados culturalmente de referirse a los eventos de la guerra y a los actores que la ejercieron o sufrieron.
 
Tales consensos se han definido en una serie de estereotipos sobre las motivaciones de la violencia senderista y los modos en que hace falta enfrentarla. A partir de ello, ciertas categorías simbólicas –ciertos modos de concebir y experimentar el mundo social– se han estabilizado al punto de posicionarse más allá de toda posibilidad de examen crítico. En efecto, tal es la naturaleza de los estereotipos: se normalizan en los imaginarios de los sujetos y se convierten en sentido común compartido. Así, por ejemplo, en un contexto como el limeño asumimos que es absolutamente natural que los cánones de belleza estén ligados a características físicas eurocéntricas; o que los quechuahablantes tengan menos educación que los hispanohablantes. En el caso que aquí nos compete, la prensa y el poder han desarrollado estereotipos que hacen del “terrorista”, “senderista” o “subversivo” un sujeto que no pertenece al conjunto de la nación: un otro radical que invade el nosotros para destruirlo violentamente sin más motivaciones aparentes que una malignidad intrínseca.
 
Este es, evidentemente, un discurso maniqueo. La identidad senderista es presupuesta como un elemento que no simplemente hace falta excluir, sino que además ya en su naturaleza está afuera del grupo. En la prensa, colaboró a esto la utilización sistemática que se hizo –desde los primeros años de la década de 1980– de imágenes y relatos violentos como insumo para producir información sensacionalista. Esto devino en discursos que poco decían sobre las causas económicas o sociales de la subversión y se concentraban en los actos por sí mismos, presentados como demenciales y extravagantes. En el caso de los discursos desde el poder, es bien sabido que no se tuvo información fidedigna acerca de quiénes eran los agentes del terrorismo. A lo largo de todo su gobierno, Belaúnde defendió la tesis (que nunca rectificó) de Sendero Luminoso como una organización internacional que representaba al comunismo global y su guerra contra los países liberales no totalitarios. La división dualista/maniquea es evidente. Sobre ella se instauró el imaginario político acerca del senderista, quien siempre fue definido bajo el espectro de lo otro, lo ajeno, la diferencia fundamentalmente excluida.
 
De perspectivas como estas se desprende un discurso elemental e ingenuo de la reconciliación. A esta se la ha solido interpretar de forma literal: es decir, como el reencuentro de los amigos peleados entre sí, como el retorno de la amistad. Pero si Sendero ha sido definido como lo otro radical, ¿cómo entonces se puede imaginar la posibilidad de reunirse con quien no compartimos nada, con quien nunca ha sido nuestro igual? El maniqueísmo desarrollado en la prensa y el poder (y en la cultura en general) hace considerar que este tipo de reconciliación –el más básico, el que en verdad no tiene ningún sentido en periodos de postguerra– no puede darse nunca: ¿cómo podrían reunirse los dos extremos en disputa? El mal es el mal y, por naturaleza, no puede ser abarcado en los criterios del bien.
 
Por lo tanto, se pasa a negar la noción misma de reconciliación. Ella no tiene utilidad; es más, quienes la postulan serían mal intencionados, estarían buscando legitimar la violencia de los subversivos. Hace poco, cuando se cumplieron 10 años de la publicación del Informe Final de la CVR, la mayoría de medios de prensa coincidieron en que la Comisión había fallado en una cosa: lograr la reconciliación del país. Hay una ambivalencia en esta afirmación: se dice, por un lado que no hay reconciliación; es decir, que “las heridas no se han cerrado”, que el país sigue partido en dos, no se ha superado el conflicto. Pero por otro lado se da a entender que Sendero Luminoso debe desaparecer del todo; es decir, que no hay ninguna posibilidad de reconciliación con los representantes del terrorismo. No hay, entonces, deseo de reconciliación, no en el sentido elemental y chato en que ella es entendida. Lo que se desea, más bien, es eliminar enteramente la presencia perturbadora de lo que es representado como lo otro radical.
 
Algo parecido fue repetido por miembros de partidos políticos: criticaron las penas muy débiles que se ha dado a los terroristas, la permisividad que había con quienes habían salido de las cárceles, la aparición de nuevos sujetos vinculados a Sendero Luminoso. Otra vez, vemos aquí la necesidad de sacar del mapa al agente de la violencia. Por ello, también se niega la importancia de la reconciliación. Grafica muy bien esta postura lo que el mismo Valentín Paniagua expresó alguna vez sobre la adhesión de la palabra reconciliación en el nombre de la Comisión que su gobierno había creado. Mostró Paniagua su desacuerdo con esta medida y afirmó que él sólo había creado la Comisión de la Verdad. No entendía muy bien el sentido del nuevo concepto. Alan García, a la vez, ha repetido con énfasis que nunca vamos a reconciliarnos con los terroristas por lo que han hecho al país.
 
Tenemos, entonces, que desde los medios y el poder la reconciliación ha sido interpretada en su significado de diccionario: como reencuentro, como superación ingenua de la enemistad. En esta perspectiva, al menos dos ideas de fondo pueden ser leídas. Primero, se da la negación absoluta de Sendero Luminoso como un problema surgido y desarrollado en el contexto nacional. Es decir, se niega que la subversión sea parte de las relaciones conflictivas que se encarnan en nuestra propia nación, con lo que se escapa a la responsabilidad de asumir un problema que no es el de los violentos que decidieron, sanguinaria e irracionalmente, tomar las armas, sino el de un país que guarda en sí mismo conflictos profundos y tan graves como para dar lugar a un fenómeno como el senderista. Segundo, se cae en nociones paternalistas y vacías de misericordia. Se piensa que la relación maniquea entre violentos y víctimas necesita de nada más que consuelo para los afectados y condena para los culpables. No se asumen completamente cuestiones más importantes y complejas como la aplicación de la justicia para todo tipo de violadores de derechos humanos, o como la reparación material y simbólica para quienes no simplemente padecieron del mal, sino que fueron parte de relaciones de poder discriminatorias e injustas que no nacieron con la guerra. Si se niega la importancia de la reconciliación, se niega entonces la necesidad de decisiones y acciones auténticamente transformadoras de parte del gobierno y sus mecanismos. En efecto, si basta con borrar las representaciones del mal que infestaron al país, ¿para qué preocuparse por las estructuras que condicionaron esa violencia?

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