Referirse a cómo los medios y el poder han pensado la
reconciliación es lo mismo que referirse al discurso que se ha instaurado como
hegemónico en la cultura limeña (que es el contexto al que me referiré, al ser
el que más directamente conozco). Los imaginarios desarrollados por
representantes del poder político y por la prensa de las últimas dos décadas,
acerca del conflicto armado interno en general, se han caracterizado por ser
posturas homogéneas en las que poca o nula ha sido la verdadera posibilidad del
desacuerdo, de la pluralidad de perspectivas en debate. Más bien, los consensos
han sido elementales y se han asumido, en la opinión pública, como los modos autorizados culturalmente de referirse a
los eventos de la guerra y a los actores que la ejercieron o sufrieron.
Tales consensos se han definido en una serie de estereotipos sobre las motivaciones de
la violencia senderista y los modos en que hace falta enfrentarla. A partir de
ello, ciertas categorías simbólicas –ciertos modos de concebir y experimentar
el mundo social– se han estabilizado al punto de posicionarse más allá de toda
posibilidad de examen crítico. En efecto, tal es la naturaleza de los
estereotipos: se normalizan en los imaginarios de los sujetos y se convierten
en sentido común compartido. Así, por ejemplo, en un contexto como el limeño asumimos
que es absolutamente natural que los
cánones de belleza estén ligados a características físicas eurocéntricas; o que
los quechuahablantes tengan menos educación que los hispanohablantes. En el
caso que aquí nos compete, la prensa y el poder han desarrollado estereotipos
que hacen del “terrorista”, “senderista” o “subversivo” un sujeto que no
pertenece al conjunto de la nación: un otro radical que invade el nosotros para
destruirlo violentamente sin más motivaciones aparentes que una malignidad intrínseca.
Este es, evidentemente, un discurso maniqueo. La identidad
senderista es presupuesta como un elemento que no simplemente hace falta
excluir, sino que además ya en su naturaleza está afuera del grupo. En la
prensa, colaboró a esto la utilización sistemática que se hizo –desde los primeros
años de la década de 1980– de imágenes y relatos violentos como insumo para
producir información sensacionalista. Esto devino en discursos que poco decían
sobre las causas económicas o sociales de la subversión y se concentraban en
los actos por sí mismos, presentados como demenciales y extravagantes. En el
caso de los discursos desde el poder, es bien sabido que no se tuvo información
fidedigna acerca de quiénes eran los agentes del terrorismo. A lo largo de todo
su gobierno, Belaúnde defendió la tesis (que nunca rectificó) de Sendero
Luminoso como una organización internacional que representaba al comunismo
global y su guerra contra los países liberales no totalitarios. La división
dualista/maniquea es evidente. Sobre ella se instauró el imaginario político
acerca del senderista, quien siempre fue definido bajo el espectro de lo otro,
lo ajeno, la diferencia fundamentalmente excluida.
De perspectivas como estas se desprende un discurso
elemental e ingenuo de la reconciliación. A esta se la ha solido interpretar de
forma literal: es decir, como el reencuentro de los amigos peleados entre sí,
como el retorno de la amistad. Pero si Sendero ha sido definido como lo otro
radical, ¿cómo entonces se puede imaginar la posibilidad de reunirse con quien
no compartimos nada, con quien nunca ha sido nuestro igual? El maniqueísmo
desarrollado en la prensa y el poder (y en la cultura en general) hace considerar
que este tipo de reconciliación –el más básico, el que en verdad no
tiene ningún sentido en periodos de postguerra– no puede darse nunca: ¿cómo
podrían reunirse los dos extremos en disputa? El mal es el mal y, por
naturaleza, no puede ser abarcado en los criterios del bien.
Por lo tanto, se pasa a negar la noción misma de reconciliación. Ella no tiene utilidad;
es más, quienes la postulan serían mal intencionados, estarían buscando legitimar
la violencia de los subversivos. Hace poco, cuando se cumplieron 10 años de la
publicación del Informe Final de la
CVR, la mayoría de medios de prensa coincidieron en que la Comisión había
fallado en una cosa: lograr la
reconciliación del país. Hay una ambivalencia en esta afirmación: se dice,
por un lado que no hay reconciliación; es decir, que “las heridas no se han
cerrado”, que el país sigue partido en dos, no se ha superado el conflicto.
Pero por otro lado se da a entender que Sendero Luminoso debe desaparecer del
todo; es decir, que no hay ninguna posibilidad de reconciliación con los
representantes del terrorismo. No hay, entonces, deseo de reconciliación, no en
el sentido elemental y chato en que ella es entendida. Lo que se desea, más
bien, es eliminar enteramente la presencia perturbadora de lo que es
representado como lo otro radical.
Algo parecido fue repetido por miembros de partidos
políticos: criticaron las penas muy débiles que se ha dado a los terroristas,
la permisividad que había con quienes habían salido de las cárceles, la
aparición de nuevos sujetos vinculados a Sendero Luminoso. Otra vez, vemos aquí
la necesidad de sacar del mapa al agente de la violencia. Por ello, también se
niega la importancia de la reconciliación. Grafica muy bien esta postura lo que
el mismo Valentín Paniagua expresó alguna vez sobre la adhesión de la palabra reconciliación en el nombre de la
Comisión que su gobierno había creado. Mostró Paniagua su desacuerdo con esta
medida y afirmó que él sólo había creado la Comisión de la Verdad. No entendía muy bien el sentido del nuevo concepto.
Alan García, a la vez, ha repetido con énfasis que nunca vamos a reconciliarnos
con los terroristas por lo que han hecho al país.
Tenemos, entonces, que desde los medios y el poder la reconciliación ha sido interpretada en
su significado de diccionario: como reencuentro, como superación ingenua de la
enemistad. En esta perspectiva, al menos dos ideas de fondo pueden ser leídas.
Primero, se da la negación absoluta de Sendero Luminoso como un problema
surgido y desarrollado en el contexto nacional. Es decir, se niega que la
subversión sea parte de las relaciones conflictivas que se encarnan en nuestra
propia nación, con lo que se escapa a la responsabilidad de asumir un problema
que no es el de los violentos que decidieron, sanguinaria e irracionalmente,
tomar las armas, sino el de un país que guarda en sí mismo conflictos profundos
y tan graves como para dar lugar a un fenómeno como el senderista. Segundo, se
cae en nociones paternalistas y vacías de misericordia. Se piensa que la
relación maniquea entre violentos y víctimas necesita de nada más que
consuelo para los afectados y condena para los culpables. No se asumen completamente
cuestiones más importantes y complejas como la aplicación de la justicia para
todo tipo de violadores de derechos humanos, o como la reparación material y
simbólica para quienes no simplemente padecieron del mal, sino que fueron parte
de relaciones de poder discriminatorias e injustas que no nacieron con la
guerra. Si se niega la importancia de la reconciliación, se niega entonces la necesidad
de decisiones y acciones auténticamente transformadoras de parte del gobierno y
sus mecanismos. En efecto, si basta con borrar las representaciones del mal que
infestaron al país, ¿para qué preocuparse por las estructuras que condicionaron
esa violencia?

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