El discurso desarrollado por las FFAA peruanas con respecto
a la violencia interna se ha construido –como en el caso de otros países
latinoamericanos– en torno a la idea del heroísmo que salva o cura a la nación
de un mal que la agobia. Se trata, en este sentido, de un discurso homogéneo y
bien definido con características maniqueas. De un lado se posiciona, muy
claramente, la acción protectora y sacrificada de las fuerzas oficiales; del
otro, la violencia maliciosa de la subversión. Entre los dos polos se ubica a
la población civil inocente, que sufre los abates del terrorismo y necesita la
seguridad de las armas autorizadas por el Estado. Este es un discurso en el que
las cosas se presentan de forma muy transparente: en el Perú, existieron
peligrosos representantes de la violencia que fueron derrotados por los
representantes de la pacificación. La noción de reconciliación, aquí, no es relevante,
ya que no hay con quién reconciliarse (literalmente), con quién reconstruir un
lazo de amistad. El enemigo ha sido simplemente eliminado y todos los restos
que de él podrían quedar siguen siendo enfrentados con la misma fuerza y la
misma intención: salvar al país del terror.
Para justificar esta idea –que la reconciliación no tiene un valor importante en el discurso de las
FFAA– apelaré, por lo pronto, a lo expresado por dos representantes de la
institución en una conferencia dictada en la PUCP en setiembre de este año
(2013). Citaré, por un lado, a Roberto Chiabra León, general en retiro del EP y
ex ministro de Defensa; por otro, a Jorge Montoya Manrique, almirante de la
Marina en retiro y ex jefe del Comando Conjunto de las FFAA. Ambos expresaron
puntos de vista que, si bien no son perfectamente idénticos, contienen
paralelos muy significativos y recurrentes.
Un factor importante que nos ayudaría a comprender cómo el
discurso de las FFAA asume la reconciliación
se encuentra en las interpretaciones hechas sobre la tarea cumplida por la CVR.
Como es bastante conocido, desde la institución armada se ha criticado a la
Comisión principalmente por considerarla sesgada y deficiente en su descripción
de los eventos de la guerra. Montoya, en este sentido, es claro en expresar sus
reparos y acusarla de obrar en favor de Sendero Luminoso para, probablemente,
dejarle el espacio para que pueda “reciclarse” en el futuro. La única
posibilidad admisible hubiera sido, según el marino, rechazar de lleno a la organización
terrorista, llamándola por su nombre (“terroristas”) y agradeciendo a quienes
libraron al país de su amenaza. Esta clara diferenciación entre el bien y el
mal se expresa también en Chiabra, quien hace un singular paralelo de las
situaciones de la guerra con las de un salón de clase: lo que pasó en el país,
nos dice, puede ser explicado con el símil del “bullying”:
“El bullying es el atentado físico y psicológico de un
pequeño grupo de cobardes contra los más indefensos que no tienen padres a
dónde acudir y sus maestros no se dan cuenta, y sus compañeros de aula, la gran
mayoría, son neutrales, indiferentes o se ríen. Así fue la subversión, un pequeño grupo de cobardes atacó a los más indefensos aprovechando la ausencia del Estado ante la complicidad
de la mayoría que observa sin inmutarse. Esperando qué. Que llegaran las FFAA para salvarlos como
así sucedió”. [cursivas son mías]
De un lado los abusivos, de otro los salvadores y en medio
los inocentes[1]. La inacción de los
maestros resalta el heroísmo de los protectores, quienes cargan con una
responsabilidad que otros rechazaron. Tales otros, en el imaginario de la
institución armada, son los representantes políticos, que no se atrevieron a
tomar las decisiones necesarias y que se han dedicado a cuestionar desde lejos,
sin saber los peligros reales a los que se expone un militar en la guerra. Dice
Chiabra: “¿Dónde estaba el resto del Estado? Unos estaban en balcón y otros
debajo de la cama. Esperando los resultados”. Dice también Montoya: “teníamos
al costado viendo cómo sucedían las cosas, con una irresponsabilidad mayúscula,
a los gobiernos que pasaron por esa época”[2].
Estas acusaciones contra la clase política ayudan a reforzar la idea del papel
sacrificado de las FFAA. Con ello, la institución y sus representantes se
posicionan en un lugar al que sólo deberían alcanzar los agradecimientos, nunca
la condena.
Esto supone que, no tan implícitamente, el valor del heroísmo es puesto por encima del valor de la justicia.
Es decir, para este discurso existen acciones que, por su extraordinaria
capacidad para llegar al objetivo de la pacificación, trascienden el ámbito de
la moralidad –que siempre se preocupa por los hechos concretos y nunca se mide
por la lógica de los medios y los fines. El heroísmo de las FFAA se asume en
función de las metas prácticas alcanzadas: el país se ha curado de la enfermedad terrorista, para lo que el médico ha tenido
que realizar grandes esfuerzos que, naturalmente, han exigido la mutilación de
ciertas zonas infectadas. Leamos a Chiabra:
“En el accionar de las FFAA, ¿hubo excesos? Sí, hubo excesos
individuales que formaban parte de
excesos por las razones de trabajo
pero no por una norma de las FFAA. Hay hechos indefendibles, como hay hechos
por probar, que merecen justicia. Deben ser sancionados con justicia. Nosotros
nunca hemos pedido indulto ni amnistía. Pero no hubo una violación sistemática
a los DDHH ni nada que configure, pues, delito de lesa humanidad. Y no hemos
presentado ni leyes de amnistía ni indulto porque sería avalar el comportamiento de un pequeño grupo
desmereciendo el gran trabajo de la mayoría que derrotó militarmente a
Sendero”. [cursivas son mías]
Si algún lugar tiene en este discurso la noción de reconciliación, sería en la meta
alcanzada, más allá de los sacrificios, por la tarea de las FFAA. Para
reconciliar había que pacificar: para pacificar había que hacer un trabajo
horrible pero necesario: las consecuencias excesivas de ese trabajo son
condenables, pero son las de una minoría. Si se castiga a alguien es a ese
grupo pequeño, pero sin perder la perspectiva de las condiciones vividas, que
pondrían entre paréntesis muchos de los requerimientos de la justicia y la moral.
Por ello, las acusaciones de la CVR sobre la acción militar violenta contra
civiles o rendidos son tomadas como calumnias sesgadas. Afirma Montoya: “la
Comisión de la Verdad se realizó, para las FFAA, de una manera cerrada y aislándose
de la realidad. […] No ha recogido una verdad, ha recogido una recopilación de
hechos contados y narrados por personas diferentes en contextos diferentes. Ante
preguntas preparadas respuestas preparadas”.
Entonces, la reconciliación
postulada por la CVR no puede ser sincera: tiene tras de sí el propósito de
beneficiar a uno de los actores de la guerra, al que la inició y, para las
FFAA, no merece más que la expulsión de los marcos de la nación. Lograr una
verdadera reconciliación supondría ese exterminio de la diferencia para
construir un país en desarrollo y reconocer el heroísmo de los miembros
militares, a quienes no se debería confundir en su identidad ni en sus
objetivos. Nuevamente, Montoya:
“es necesario explicarles qué cosa es un militar, qué cosa
es un miembro de las FFAA, para que puedan entender y comprender por qué nos
sentimos ofendidos con lo que dice el Informe en muchas de sus partes. Un
miembro de las FFAA es un patriota, y qué es un patriota, es el que ama
profundamente a su patria y la respeta, y
da su vida por sus connacionales. Esa es la mística que tienen todos los
que ingresan a las FFAA. No ingresan a
matar ni a violar ni a ser asesinos ni ladrones”. [cursivas son mías]
Chiabra, más moderado que Montoya, asume que una vez
superada la amenaza del terror hace falta encaminar al país hacia metas
democráticas que vinculen a los héroes, inocentes y víctimas en una nación
homogénea: “hay muchas cosas que han sucedido en nuestro país que no se pueden
volver a repetir. Muchos coinciden de que no hay paz sin justicia ni
reconciliación sin reconocimiento. Una justicia con criterio, sin pasión y para
todos. Y un reconocimiento donde todos tenemos que asumir que le fallamos al
Perú. Por acción, por omisión, por abandono, por silencio, por ambigüedad y por
aprovechamiento”.
Las palabras de Chiabra, debo resaltar, no dicen lo habitual
dentro del discurso de las FFAA. Sin embargo, resultan importantes en tanto que
rescatan una noción más abarcadora de la reconciliación y la pacificación; una
noción que, de hecho, se acerca en cierta medida a la propuesta por la CVR.
Todo esto, sin embargo, sigue sosteniéndose sobre la convicción maniquea de que
en el país unos fueron monstruos del terror, otros fueron héroes de la
pacificación y, los restantes, víctimas en espera de la salvación. Queda la
sombra de qué hacer con los ejecutores y las víctimas de los “excesos”.
[1] Una cosa no es dicha
explícitamente en esta analogía: a través de qué mecanismos se termina con el
problema del bullying, lo que serviría de metáfora para los mecanismos a través
de los que se termina con la subversión. Podríamos especular, por las características
generales del discurso de las FFAA, que se diría que la solución en el aula
pasa por el castigo a los agresores, lo que les enseñaría a no volver a cometer
el abuso contra inocentes. Tal castigo se reflejaría, en la guerra, en el uso
autorizado de las armas para exterminar, literalmente, a los
agresores/terroristas.
[2] Se refiere a los gobiernos
de Belaunde (1980-85) y García (1985-90). Con el gobierno de Fujimori, Montoya
es bastante más comprensivo.
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