domingo, 22 de diciembre de 2013

LA RECONCILIACIÓN EN EL DISCURSO DE LAS FF.AA.

El discurso desarrollado por las FFAA peruanas con respecto a la violencia interna se ha construido –como en el caso de otros países latinoamericanos– en torno a la idea del heroísmo que salva o cura a la nación de un mal que la agobia. Se trata, en este sentido, de un discurso homogéneo y bien definido con características maniqueas. De un lado se posiciona, muy claramente, la acción protectora y sacrificada de las fuerzas oficiales; del otro, la violencia maliciosa de la subversión. Entre los dos polos se ubica a la población civil inocente, que sufre los abates del terrorismo y necesita la seguridad de las armas autorizadas por el Estado. Este es un discurso en el que las cosas se presentan de forma muy transparente: en el Perú, existieron peligrosos representantes de la violencia que fueron derrotados por los representantes de la pacificación. La noción de reconciliación, aquí, no es relevante, ya que no hay con quién reconciliarse (literalmente), con quién reconstruir un lazo de amistad. El enemigo ha sido simplemente eliminado y todos los restos que de él podrían quedar siguen siendo enfrentados con la misma fuerza y la misma intención: salvar al país del terror.
 
Para justificar esta idea –que la reconciliación no tiene un valor importante en el discurso de las FFAA– apelaré, por lo pronto, a lo expresado por dos representantes de la institución en una conferencia dictada en la PUCP en setiembre de este año (2013). Citaré, por un lado, a Roberto Chiabra León, general en retiro del EP y ex ministro de Defensa; por otro, a Jorge Montoya Manrique, almirante de la Marina en retiro y ex jefe del Comando Conjunto de las FFAA. Ambos expresaron puntos de vista que, si bien no son perfectamente idénticos, contienen paralelos muy significativos y recurrentes.
 
Un factor importante que nos ayudaría a comprender cómo el discurso de las FFAA asume la reconciliación se encuentra en las interpretaciones hechas sobre la tarea cumplida por la CVR. Como es bastante conocido, desde la institución armada se ha criticado a la Comisión principalmente por considerarla sesgada y deficiente en su descripción de los eventos de la guerra. Montoya, en este sentido, es claro en expresar sus reparos y acusarla de obrar en favor de Sendero Luminoso para, probablemente, dejarle el espacio para que pueda “reciclarse” en el futuro. La única posibilidad admisible hubiera sido, según el marino, rechazar de lleno a la organización terrorista, llamándola por su nombre (“terroristas”) y agradeciendo a quienes libraron al país de su amenaza. Esta clara diferenciación entre el bien y el mal se expresa también en Chiabra, quien hace un singular paralelo de las situaciones de la guerra con las de un salón de clase: lo que pasó en el país, nos dice, puede ser explicado con el símil del “bullying”:
 
“El bullying es el atentado físico y psicológico de un pequeño grupo de cobardes contra los más indefensos que no tienen padres a dónde acudir y sus maestros no se dan cuenta, y sus compañeros de aula, la gran mayoría, son neutrales, indiferentes o se ríen. Así fue la subversión, un pequeño grupo de cobardes atacó a los más indefensos aprovechando la ausencia del Estado ante la complicidad de la mayoría que observa sin inmutarse. Esperando qué. Que llegaran las FFAA para salvarlos como así sucedió”. [cursivas son mías]
 
De un lado los abusivos, de otro los salvadores y en medio los inocentes[1]. La inacción de los maestros resalta el heroísmo de los protectores, quienes cargan con una responsabilidad que otros rechazaron. Tales otros, en el imaginario de la institución armada, son los representantes políticos, que no se atrevieron a tomar las decisiones necesarias y que se han dedicado a cuestionar desde lejos, sin saber los peligros reales a los que se expone un militar en la guerra. Dice Chiabra: “¿Dónde estaba el resto del Estado? Unos estaban en balcón y otros debajo de la cama. Esperando los resultados”. Dice también Montoya: “teníamos al costado viendo cómo sucedían las cosas, con una irresponsabilidad mayúscula, a los gobiernos que pasaron por esa época”[2]. Estas acusaciones contra la clase política ayudan a reforzar la idea del papel sacrificado de las FFAA. Con ello, la institución y sus representantes se posicionan en un lugar al que sólo deberían alcanzar los agradecimientos, nunca la condena.
 
Esto supone que, no tan implícitamente, el valor del heroísmo es puesto por encima del valor de la justicia. Es decir, para este discurso existen acciones que, por su extraordinaria capacidad para llegar al objetivo de la pacificación, trascienden el ámbito de la moralidad –que siempre se preocupa por los hechos concretos y nunca se mide por la lógica de los medios y los fines. El heroísmo de las FFAA se asume en función de las metas prácticas alcanzadas: el país se ha curado de la enfermedad terrorista, para lo que el médico ha tenido que realizar grandes esfuerzos que, naturalmente, han exigido la mutilación de ciertas zonas infectadas. Leamos a Chiabra:
 
“En el accionar de las FFAA, ¿hubo excesos? Sí, hubo excesos individuales que formaban parte de excesos por las razones de trabajo pero no por una norma de las FFAA. Hay hechos indefendibles, como hay hechos por probar, que merecen justicia. Deben ser sancionados con justicia. Nosotros nunca hemos pedido indulto ni amnistía. Pero no hubo una violación sistemática a los DDHH ni nada que configure, pues, delito de lesa humanidad. Y no hemos presentado ni leyes de amnistía ni indulto porque sería avalar el comportamiento de un pequeño grupo desmereciendo el gran trabajo de la mayoría que derrotó militarmente a Sendero”. [cursivas son mías]
 
Si algún lugar tiene en este discurso la noción de reconciliación, sería en la meta alcanzada, más allá de los sacrificios, por la tarea de las FFAA. Para reconciliar había que pacificar: para pacificar había que hacer un trabajo horrible pero necesario: las consecuencias excesivas de ese trabajo son condenables, pero son las de una minoría. Si se castiga a alguien es a ese grupo pequeño, pero sin perder la perspectiva de las condiciones vividas, que pondrían entre paréntesis muchos de los requerimientos de la justicia y la moral. Por ello, las acusaciones de la CVR sobre la acción militar violenta contra civiles o rendidos son tomadas como calumnias sesgadas. Afirma Montoya: “la Comisión de la Verdad se realizó, para las FFAA, de una manera cerrada y aislándose de la realidad. […] No ha recogido una verdad, ha recogido una recopilación de hechos contados y narrados por personas diferentes en contextos diferentes. Ante preguntas preparadas respuestas preparadas”.
 
Entonces, la reconciliación postulada por la CVR no puede ser sincera: tiene tras de sí el propósito de beneficiar a uno de los actores de la guerra, al que la inició y, para las FFAA, no merece más que la expulsión de los marcos de la nación. Lograr una verdadera reconciliación supondría ese exterminio de la diferencia para construir un país en desarrollo y reconocer el heroísmo de los miembros militares, a quienes no se debería confundir en su identidad ni en sus objetivos. Nuevamente, Montoya:
 
“es necesario explicarles qué cosa es un militar, qué cosa es un miembro de las FFAA, para que puedan entender y comprender por qué nos sentimos ofendidos con lo que dice el Informe en muchas de sus partes. Un miembro de las FFAA es un patriota, y qué es un patriota, es el que ama profundamente a su patria y la respeta, y da su vida por sus connacionales. Esa es la mística que tienen todos los que ingresan a las FFAA. No ingresan a matar ni a violar ni a ser asesinos ni ladrones”. [cursivas son mías]
 
Chiabra, más moderado que Montoya, asume que una vez superada la amenaza del terror hace falta encaminar al país hacia metas democráticas que vinculen a los héroes, inocentes y víctimas en una nación homogénea: “hay muchas cosas que han sucedido en nuestro país que no se pueden volver a repetir. Muchos coinciden de que no hay paz sin justicia ni reconciliación sin reconocimiento. Una justicia con criterio, sin pasión y para todos. Y un reconocimiento donde todos tenemos que asumir que le fallamos al Perú. Por acción, por omisión, por abandono, por silencio, por ambigüedad y por aprovechamiento”.
 
Las palabras de Chiabra, debo resaltar, no dicen lo habitual dentro del discurso de las FFAA. Sin embargo, resultan importantes en tanto que rescatan una noción más abarcadora de la reconciliación y la pacificación; una noción que, de hecho, se acerca en cierta medida a la propuesta por la CVR. Todo esto, sin embargo, sigue sosteniéndose sobre la convicción maniquea de que en el país unos fueron monstruos del terror, otros fueron héroes de la pacificación y, los restantes, víctimas en espera de la salvación. Queda la sombra de qué hacer con los ejecutores y las víctimas de los “excesos”.


[1] Una cosa no es dicha explícitamente en esta analogía: a través de qué mecanismos se termina con el problema del bullying, lo que serviría de metáfora para los mecanismos a través de los que se termina con la subversión. Podríamos especular, por las características generales del discurso de las FFAA, que se diría que la solución en el aula pasa por el castigo a los agresores, lo que les enseñaría a no volver a cometer el abuso contra inocentes. Tal castigo se reflejaría, en la guerra, en el uso autorizado de las armas para exterminar, literalmente, a los agresores/terroristas.
[2] Se refiere a los gobiernos de Belaunde (1980-85) y García (1985-90). Con el gobierno de Fujimori, Montoya es bastante más comprensivo.

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