miércoles, 30 de octubre de 2013

ENTREVISTA A SALOMÓN LERNER FEBRES

Reencontré una pequeña entrevista que realicé a Salomón Lerner Febres en el 2011. En ella se refiere a su tarea en la CVR, a la necesidad de darle voz a las víctimas y a su amigo Carlos Iván Degregori:
 
 
¿Podría contarnos cómo llegó a la presidencia de la CVR?
 
-          El camino de algún modo es insondable porque a mí me avisaron que formaba parte de la CVR y que la presidía, y eso me tomó, de alguna manera, por sorpresa. Yo no postulé a ser miembro de la Comisión ni mucho menos. Según tengo entendido, fui propuesto en el seno del Consejo de Ministros del presidente Paniagua y allí hubo, según me han referido, una votación respecto de distintos nombres. Parece que mi nombre había sido propuesto y yo saqué un número elevado de votos y eso hizo que me nombraran presidente.
 
Ahora bien, sí tengo que decirle que a la sazón yo era rector de la Universidad [PUCP], y todo esto se me presentó como un relativo problema porque tenía esta responsabilidad institucional. Acepté luego de haber consultado con el Consejo Universitario, el cual me permitió que pudiera, simultáneamente, ejercer el rectorado y presidir la Comisión.
 
Fue entonces una decisión tomada por el Ejecutivo. Se nombró a siete personas y yo, por lo menos, trabajé ad honorem. Acepté entendiendo que esa era una responsabilidad que no podía eludir como peruano y tampoco como rector de esta casa de estudios, porque la Universidad en esos tiempos, en los tiempos de Fujimori, se había destacado por criticar públicamente los excesos del gobierno de turno. Fue una de las pocas instituciones que alzó públicamente su voz en estos asuntos, y hubiera resultado incoherente que yo no aceptara, llegado el momento, de contribuir de modo efectivo a una tarea así.
 
Bien sabía usted de los riesgos personales en los que se metía al aceptar el cargo. Teniendo eso en cuenta, ¿qué tan difícil fue aceptar?
 
-          La decisión, como usted comprenderá, no brotó de inmediato y en medio de alborozo. Evidentemente, yo era consciente en ese momento, como lo soy hasta ahora, de que la tarea que se nos encomendaba a todos era no sólo muy ardua y compleja, sino también que sería muy discutida, porque es casi una verdad de perogrullo que a nadie le gusta que se le señale aquellas cosas negativas que pueda haber cometido u ocasionado; y nuestra tarea era justamente esa.
 
Obviamente, lo consulté también con mis familiares y asumí el puesto sabiendo que no sería precisamente aplaudido en forma unánime, ni durante el trabajo ni luego de él. Pero era importante que alguien lo hiciera, y yo no podía, por un lado, predicar que se haga justicia, que el país sea mejor, etc., y llegado el momento en que se me pedía que contribuyera, dejar de participar.
 
Hace poco compartió una mesa con los profesores Federico Camino y José León. En ella, tal vez el momento más importante de su ponencia tuvo lugar cuando hizo mención de la filosofía no como una doctrina, sino como una forma de vida. Y llamó la atención que, inmediatamente después de eso, se refirió a su tarea en la CVR. ¿Siente que es en la presidencia de la Comisión que se consagró esa aproximación vivencial que busca usted a la filosofía?
 
-          Sí, yo creo que esa fue un poco como una prueba de fuego para todo aquello que había aprendido y que intelectualmente, de algún modo, me ha enriquecido a lo largo de los años, y que es motivo de mi enseñanza. Porque es cierto que uno tiene definiciones de verdad, de justicia, de sociabilidad, de responsabilidad. Pero una cosa es eso que se puede leer en los libros, incluso aquello que se pueda leer acerca de fenómenos terribles que han ocurrido en otros lados, pero siempre a través de la mediación de quien lo cuenta, y con distancia cronológica, geográfica, hasta diría étnica, y distinto es estar ahí, escuchar a las propias víctimas, y entender que los conceptos filosóficos son muchas veces sólo el comienzo de otra cosa. Puede ser una construcción intelectual rica, pero tiene que ser validada en la vida. ¿De qué vale hablar de verdad, del bien, de la justicia, si llegada la hora en que uno tiene que decir la verdad se calla por interés; o cuando se tiene que pedir que se haga justicia, se elude esa obligación para no malquistarse con gente poderosa? Entonces, creo que fue una exploración de dimensiones que van más allá de la definición y de la retórica.
 
En varios discursos de la época CVR afirma la necesidad del respeto hacia el sufrimiento de los afectados durante la investigación. En ese sentido, ¿sintió alguna vez que estaba trasgrediendo intimidades dolorosas que no tenía derecho a trasgredir?
 
-          Yo entiendo su pregunta, pero creo que todos los que estábamos en la Comisión (y espero no estar abusando de lo que puedan haber pensado los otros) entendimos que no era una intromisión ni se trataba la pregunta “¿con qué derecho?”, sino que esto no aparecía como una orden de entrometerse, sino de comprometerse. Porque creo que lo que necesitaban esas personas era compartir su dolor, hacerlo saber dentro de una sociedad que los ignoró y no les dio voz. Y lo que nosotros estábamos haciendo era precisamente eso: sacarlos de la invisibilidad, de la insignificancia. Ellos se ganaron muy dolorosamente el derecho a ser considerados, a ser conocidos en su padecimiento. Y también había un deber de la sociedad, para que ella tomara nota de lo que había ocurrido, para que no cerrara los ojos y pensara que no había sucedido nada, que todo había estado bien. Yo creo que se necesitaba de esta especie de jalón de orejas, de shock. No sé si lo habremos conseguido pero la intención era esa y hay que hacerlo; solo así las sociedades avanzan.
 
Uno de los objetivos de la Comisión fue el abrir el camino de la reconciliación. Con respecto a eso, en un discurso de octubre del 2001 afirma que para pasar de la comprensión del evento violento al perdón hacia los perpetradores, hace falta la estación intermedia del arrepentimiento de parte de los últimos. Esto último es algo que, en el caso peruano, no ha ocurrido a prácticamente ningún nivel.
 
-          No, no se ha dado. Ahora, aquí quisiera precisar un poco más esto. La reconciliación, a mi modo de ver, no debiera contemplar el arrepentimiento y el perdón. Sin embargo, eso me parece mucho más urgente dentro de la llamada micro-reconciliación, que dentro de la reconciliación entendida como reconciliación de la sociedad peruana. Para esta reconciliación, comprendida más bien desde una perspectiva sobre todos los que somos parte de este país, lo que se requiere es verdadero conocimiento de lo que hemos sido y de lo que somos, en especial de lo que ocurrió en esos tiempos, y que actúe la justicia bajo la forma de sanción y de reparación. Eso, sin embargo, es el comienzo de un proceso que tomará, probablemente, si se da y ojalá se dé, generaciones.
 
Dentro de eso, sí hay un factor que puede coadyuvar a que el proceso avance, aunque este no depende de aquel: el arrepentimiento, el tomar consciencia de que se obró mal y el perdón. Sin embargo, allí entramos en una dimensión que escapa a normas, procesos y actividades que puedan ser muy determinados y cumplidos en el tiempo, porque allí ya estamos dependiendo de la subjetividad de las personas; estamos dependiendo de una especie de generosidad y de reflexión por parte de aquel que victimó, y por parte de aquel que fue víctima. Eso no se puede forzar, eso o existe o no existe. Creo que, en ese sentido, tomar ello como un mecanismo social que ayude a la reconciliación, de pronto podría servir en algunos casos, pero yo no lo creo muy efectivo. Ese es el camino que tomó Sudáfrica, donde una especie de sustituto de la justicia fue el pedido de perdón aunque no existiera arrepentimiento y el otorgamiento del perdón aunque no perdonaran.
 
Una última cuestión: ¿Qué nos podría decir de su experiencia con Carlos Iván Degregori en la CVR?
 
-          Yo no le conocía personalmente hasta que nos reunimos en la Comisión. Estar a su lado fue, desde el punto de vista intelectual y de trabajo, magnífico, porque era una persona muy enterada de todos los temas que tratábamos: la vida en Ayacucho, movimientos políticos, etc. Pero, siendo eso muy valioso, puedo decir que Carlos Iván era una persona buena. Una persona muy sensible, aunque contenida. Poseía un sentido de la justicia, de la amistad que es difícil de hallar en el común de la gente. Él probó, además, su consistencia, su persistencia, su fibra en su enfermedad y en la manera como enfrentó su muerte. Entrañable; una persona entrañable. Buena. Y que fue para nosotros indispensable y valiosísimo en la tarea de la Comisión. Yo le quiero mucho, no quiero hablar en pasado.

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