En “Sacando a la bestia del clóset: autoritarismo y
homofobia”[1],
Giancarlo Cornejo presenta una tesis que podría ayudar a comprender mejor las
respuestas políticas y culturales que se están presentando frente al Proyectode Ley que establece la Unión Civil entre Personas del Mismo Sexo. Para el
autor, en el Perú la homofobia se extiende con facilidad por su relación
directa con la presencia de prácticas e imaginarios autoritarios. El autoritarismo, nos dice, se caracteriza por ser el mandato de
instaurar el “orden natural de las cosas”: aquel en donde cada componente de la
realidad social se mantiene en su lugar y cumple con su función sin permitir el
asomo de identidades, hábitos o representaciones diferentes que puedan perturbar el orden hegemónico.
La homofobia, de un modo parecido, consiste en el rechazo de
aquellas prácticas y relaciones en las que se trasgrede la heteronormatividad, instaurada a lo largo de nuestra cultura como
el modo “normal” o “natural” de comportamiento e identidad en la diferenciación
de los sexos. Así, el sujeto autoritario y el sujeto homofóbico persiguen los
mismos objetivos: definir el orden de las
cosas como deben ser. Lo que no
se aplica a la norma es rechazado y estigmatizado. En el caso del
autoritarismo, el sujeto-dialogante es percibido
como débil, inútil, miedoso, poco práctico. En muchos sentidos, el
sujeto-dialogante es feminizado (de hecho, el término “marica” se aplica a un
individuo al que se le atribuye este tipo de características). En el caso de la
homofobia, el homosexual/transexual/bisexual es percibido como indecente,
impuro, inmoral, descontrolado. La naturaleza y la conducta, ambas instancias,
son calificadas como anormales.
Tenemos, entonces, que en ambos casos, en la homofobia y el
autoritarismo, se repite la estructura del rechazo a la diferencia que incumple
la regla hegemónica. No debería sorprender, por ello, que los principales y más
entusiastas críticos de la Unión Civil sean representantes de las expresiones
más autoritarias del país en los últimos años: la iglesia católica, las FFAA y
el fujimorismo. Como bien sabemos, Cipriani se ha encargado siempre de
manifestar su postura conservadora con respecto a la homosexualidad. El
argumento es simple y directo: en el plan de dios, hay hombre y mujer, nada
más: ese es el orden natural de las
cosas, cualquier variante se asume como una desviación enfermiza: homofobia y
autoritarismo.
Entre los actores políticos, el más notorio opositor a la
Unión Civil ha sido Carlos Tubino, ex marino y congresista del partido
fujimorista. Para él, el proyecto presentado es una especie de máscara
encubridora de propósitos más subterráneos: el matrimonio y la adopción en
parejas homosexuales. Estas prácticas transgreden el orden hegemónico de la
familia, imaginada como la unión de dos individuos: uno con pene y otro con
vagina. Cualquier otra opción perturba, en tanto que representa el descontrol
de los cuerpos y de las identidades. Heteronormatividad en su sentido más
tradicional. La consigna de Tubino es, por ello, determinante: hay que
enfrentar sin ninguna posibilidad de diálogo o comprensión a la amenaza de la
diferencia (“Los Combatiremos!” anuncia el fujimorista en uno de sus tweets).
Otro aspecto de la “argumentación” de Tubino afirma que “los
homosexuales” (y esta sola mención a un grupo homogéneo, como si todos se
comportaran del mismo modo, es ya denigrante) no se corresponden con los
valores nacionales. Como ejemplo de ello, el congresista recuerda que un
homosexual no podría ser parte de las FFAA (institución a la que se presupone
como representante de los valores de la nación), en tanto que nadie “lo
seguiría hasta la muerte”. Otra vez, la relación entre autoritarismo y homofobia es más que evidente: las FFAA son, por naturaleza, la organización más autoritaria de la nación; para pertenecer a ella, hace falta no ser un sujeto débil, ni un sujeto-dialogante, ni un sujeto homosexual. Esta perspectiva ha sido confirmada por Martha Chávez, una de las representantes más importantes del fujimorismo (a quien, curiosamente, los medios han presentado como alguien que está a favor de la Unión Civil, cuando sus declaraciones nos revelan que posee un razonamiento perfectamente opuesto a los de los valores del proyecto y perfectamente coincidente con los de Tubino). Chávez ha afirmado que “todos tenemos en la cabeza” un “sentido de derecho natural” de acuerdo al cual se “revela que hay cosas que tienen ciertos límites que se derivan de la propia naturaleza humana”. Nuevamente, rechazo determinista a la diferencia porque así lo manda el orden de las cosas como deben ser.
Pero ojo, la alarma va mucho más allá de estos personajes
autoritarios. Numerosas encuestas recientes muestran que el grueso de la
población nacional está en contra de la Unión Civil. El problema es bastante
mayor y merece acciones sostenidas, sistemáticas y creativamente persuasivas
para procurar transformar los imaginarios homofóbicos que se han expandido
entre nosotros. Diversos autores han examinado la presencia de autoritarismo en
las relaciones e identidades que ejercen los peruanos. Gonzalo Portocarrero nos
habla del goce que tenemos al ser trasgresores de la ley y/o de la dignidad del
otro. Buscamos, en diferentes medidas, posicionarnos como patrones de sujetos
subordinados. Por ello, la autoridad no es una figura relevante en nuestras
interrelaciones; lo que vale más para nosotros es el autoritarismo: la
capacidad para la imposición.
Algunos
anuncian que esas condiciones demuestran que –a pesar de la posible buena
voluntad del proyecto– el país “no está preparado” para él, por lo que debería
ser negado o postergado. Pero ocurre que no son los ciudadanos los que se
preparan para el cumplimiento de las leyes democráticas, sino las leyes las que
preparan a los ciudadanos para habituarse al comportamiento democrático.
[1] En: PORTOCARRERO, Gonzalo,
Juan Carlos UBILLUZ y Víctor VICH (editores). Cultura política en el Perú. Lima: Red para el Desarrollo de las
Ciencias Sociales en el Perú, 2010.

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