miércoles, 16 de octubre de 2013

HOMOFOBIA Y AUTORITARISMO

En “Sacando a la bestia del clóset: autoritarismo y homofobia”[1], Giancarlo Cornejo presenta una tesis que podría ayudar a comprender mejor las respuestas políticas y culturales que se están presentando frente al Proyectode Ley que establece la Unión Civil entre Personas del Mismo Sexo. Para el autor, en el Perú la homofobia se extiende con facilidad por su relación directa con la presencia de prácticas e imaginarios autoritarios. El autoritarismo, nos dice, se caracteriza por ser el mandato de instaurar el “orden natural de las cosas”: aquel en donde cada componente de la realidad social se mantiene en su lugar y cumple con su función sin permitir el asomo de identidades, hábitos o representaciones diferentes que puedan perturbar el orden hegemónico.
 
La homofobia, de un modo parecido, consiste en el rechazo de aquellas prácticas y relaciones en las que se trasgrede la heteronormatividad, instaurada a lo largo de nuestra cultura como el modo “normal” o “natural” de comportamiento e identidad en la diferenciación de los sexos. Así, el sujeto autoritario y el sujeto homofóbico persiguen los mismos objetivos: definir el orden de las cosas como deben ser. Lo que no se aplica a la norma es rechazado y estigmatizado. En el caso del autoritarismo, el sujeto-dialogante es percibido como débil, inútil, miedoso, poco práctico. En muchos sentidos, el sujeto-dialogante es feminizado (de hecho, el término “marica” se aplica a un individuo al que se le atribuye este tipo de características). En el caso de la homofobia, el homosexual/transexual/bisexual es percibido como indecente, impuro, inmoral, descontrolado. La naturaleza y la conducta, ambas instancias, son calificadas como anormales.
 
Tenemos, entonces, que en ambos casos, en la homofobia y el autoritarismo, se repite la estructura del rechazo a la diferencia que incumple la regla hegemónica. No debería sorprender, por ello, que los principales y más entusiastas críticos de la Unión Civil sean representantes de las expresiones más autoritarias del país en los últimos años: la iglesia católica, las FFAA y el fujimorismo. Como bien sabemos, Cipriani se ha encargado siempre de manifestar su postura conservadora con respecto a la homosexualidad. El argumento es simple y directo: en el plan de dios, hay hombre y mujer, nada más: ese es el orden natural de las cosas, cualquier variante se asume como una desviación enfermiza: homofobia y autoritarismo.
 
Entre los actores políticos, el más notorio opositor a la Unión Civil ha sido Carlos Tubino, ex marino y congresista del partido fujimorista. Para él, el proyecto presentado es una especie de máscara encubridora de propósitos más subterráneos: el matrimonio y la adopción en parejas homosexuales. Estas prácticas transgreden el orden hegemónico de la familia, imaginada como la unión de dos individuos: uno con pene y otro con vagina. Cualquier otra opción perturba, en tanto que representa el descontrol de los cuerpos y de las identidades. Heteronormatividad en su sentido más tradicional. La consigna de Tubino es, por ello, determinante: hay que enfrentar sin ninguna posibilidad de diálogo o comprensión a la amenaza de la diferencia (“Los Combatiremos!” anuncia el fujimorista en uno de sus tweets).
 
Otro aspecto de la “argumentación” de Tubino afirma que “los homosexuales” (y esta sola mención a un grupo homogéneo, como si todos se comportaran del mismo modo, es ya denigrante) no se corresponden con los valores nacionales. Como ejemplo de ello, el congresista recuerda que un homosexual no podría ser parte de las FFAA (institución a la que se presupone como representante de los valores de la nación), en tanto que nadie “lo seguiría hasta la muerte”. Otra vez, la relación entre autoritarismo y homofobia es más que evidente: las FFAA son, por naturaleza, la organización más autoritaria de la nación; para pertenecer a ella, hace falta no ser un sujeto débil, ni un sujeto-dialogante, ni un sujeto homosexual. Esta perspectiva ha sido confirmada por Martha Chávez, una de las representantes más importantes del fujimorismo (a quien, curiosamente, los medios han presentado como alguien que está a favor de la Unión Civil, cuando sus declaraciones nos revelan que posee un razonamiento perfectamente opuesto a los de los valores del  proyecto y perfectamente coincidente con los de Tubino). Chávez ha afirmado que “todos tenemos en la cabeza” un “sentido de derecho natural” de acuerdo al cual se “revela que hay cosas que tienen ciertos límites que se derivan de la propia naturaleza humana”. Nuevamente, rechazo determinista a la diferencia porque así lo manda el orden de las cosas como deben ser.
 
Pero ojo, la alarma va mucho más allá de estos personajes autoritarios. Numerosas encuestas recientes muestran que el grueso de la población nacional está en contra de la Unión Civil. El problema es bastante mayor y merece acciones sostenidas, sistemáticas y creativamente persuasivas para procurar transformar los imaginarios homofóbicos que se han expandido entre nosotros. Diversos autores han examinado la presencia de autoritarismo en las relaciones e identidades que ejercen los peruanos. Gonzalo Portocarrero nos habla del goce que tenemos al ser trasgresores de la ley y/o de la dignidad del otro. Buscamos, en diferentes medidas, posicionarnos como patrones de sujetos subordinados. Por ello, la autoridad no es una figura relevante en nuestras interrelaciones; lo que vale más para nosotros es el autoritarismo: la capacidad para la imposición.
 
Algunos anuncian que esas condiciones demuestran que –a pesar de la posible buena voluntad del proyecto– el país “no está preparado” para él, por lo que debería ser negado o postergado. Pero ocurre que no son los ciudadanos los que se preparan para el cumplimiento de las leyes democráticas, sino las leyes las que preparan a los ciudadanos para habituarse al comportamiento democrático.




[1] En: PORTOCARRERO, Gonzalo, Juan Carlos UBILLUZ y Víctor VICH (editores). Cultura política en el Perú. Lima: Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú, 2010.

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