Hay modos de violencia que no sé muy bien cómo calificar,
pero que poseen rasgos particulares que les dan una relevancia especial para el
conjunto de la sociedad, no sólo para quienes han sido dañados directamente. Por
ejemplo, las acciones de algún grupo subversivo, o los actos de odio contra
identidades LGTB, o la represión del Estado contra población civil. En estos
casos, no se trata sólo de heridas materiales, sino que entra en juego cómo se
le da una valoración a la violencia y a los sujetos que la ejercen o la sufren.
Diferentes discursos desarrollan posiciones en las que, con diversos
propósitos, implícita y explícitamente, se plantean justificaciones, condenas,
elogios, censuras, explicaciones, etc., que tienen que ver con los criterios de
acuerdo a los cuales se entiende el orden de la vida compartida.
Por lo general, ciertos imaginarios se hacen hegemónicos y
pasan a formar parte del sentido común
de la sociedad (cosa que, en el mundo contemporáneo, tan cargado de
representaciones estereotipadas y tan carente de actitudes críticas, no debería
sorprender). Esas hegemonías producen significados, hábitos y asociaciones que
se distribuyen en consensos básicos sobre a qué tipo de sujetos, acciones y
argumentaciones aprobar o desaprobar. En el caso peruano, ejemplos evidentes de
esto encontramos en lo que ocurre con las identidades ligadas de uno u otro
modo a la subversión de las décadas pasadas; o también con las personas que no
cumplen con las normas culturales de la vida heterosexual.
Butler reflexiona este fenómeno a partir del contexto
estadounidense después de los atentados del 11 de setiembre de 2001. Considera
cómo los sentidos comunes construidos funcionan como marcos que definen “lo que puede escucharse”, previenen
“cierto tipo de preguntas y de análisis históricos” y producen “una
justificación moral de la venganza”. Es decir, se delimita qué es lo autorizado
públicamente y qué queda invisibilizado o condenado; a la vez, se facilita la
aparición de un imaginario según el cual sólo se puede responder a la violencia
con más violencia. En los EE.UU., esto se vio representado por la “descalificación
pública de los movimientos pacifistas” y la caracterización de “las marchas en
contra de la guerra como anacrónicas o nostálgicas”. Ello generó una fuerte
resistencia a cualquier posibilidad de análisis crítico, de oposición a lo
hegemónico, de búsquedas más profundas y desprejuiciadas por explicaciones. Los
intentos académicos por examinar el fenómeno, por ejemplo, fueron usualmente
tomados como endebles e inservibles.
Frente a ello, Butler no sólo considera la necesidad de
producir nuevas condiciones de significación en las que se superen estereotipos
simplificadores, sino que además propone algo más arriesgado: no negar la propia vulnerabilidad que la
violencia sufrida ha rebelado; más bien, asumirla plenamente, aprovechar
las posibilidades que ella abre para construir una vida en comunidad más
responsable. Afirma Butler que los atentados contra los EE.UU. rompieron con la
fantasía según la cual el país era infranqueable. Esta repentina conciencia de
la propia fragilidad permitiría considerar cómo, política y éticamente, existe
una fuerte dependencia de los demás: es decir, cómo los EE.UU. no son la
potencia inexpugnable a la que nadie condiciona y de la que todos necesitan.
Más bien, asumir la vulnerabilidad permitiría reorganizar la mirada que los
ciudadanos tienen de sí mismos y las relaciones que se tiene con otras
naciones.
La herida de la violencia, entonces, es una “herida
narcisista” que expone públicamente la propia vulnerabilidad y, por ello,
obliga a reconsiderar la responsabilidad que tengo con los demás, con aquellos
de quienes dependo para proteger mi condición frágil. Dice Butler: “Sólo cuando
hemos sufrido semejante violencia estamos obligados, éticamente, a preguntar
cómo debemos responder por el daño sufrido. ¿Qué rol vamos a asumir en la
propagación histórica de la violencia? ¿En qué nos convertiremos al responder?
¿Vamos a extender o a impedir la violencia por medio de la respuesta que
tengamos?”
La idea es más compleja y luego será mejor desarrollada.
Todas las citas corresponden a: BUTLER, Judith. “Explicación
y absolución, o lo que podemos escuchar”. En: Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Buenos Aires:
Paidós, 2006, pp. 25-43.

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