viernes, 27 de diciembre de 2013

BUTLER 1: ASUMIR LA HERIDA

Hay modos de violencia que no sé muy bien cómo calificar, pero que poseen rasgos particulares que les dan una relevancia especial para el conjunto de la sociedad, no sólo para quienes han sido dañados directamente. Por ejemplo, las acciones de algún grupo subversivo, o los actos de odio contra identidades LGTB, o la represión del Estado contra población civil. En estos casos, no se trata sólo de heridas materiales, sino que entra en juego cómo se le da una valoración a la violencia y a los sujetos que la ejercen o la sufren. Diferentes discursos desarrollan posiciones en las que, con diversos propósitos, implícita y explícitamente, se plantean justificaciones, condenas, elogios, censuras, explicaciones, etc., que tienen que ver con los criterios de acuerdo a los cuales se entiende el orden de la vida compartida.
 
Por lo general, ciertos imaginarios se hacen hegemónicos y pasan a formar parte del sentido común de la sociedad (cosa que, en el mundo contemporáneo, tan cargado de representaciones estereotipadas y tan carente de actitudes críticas, no debería sorprender). Esas hegemonías producen significados, hábitos y asociaciones que se distribuyen en consensos básicos sobre a qué tipo de sujetos, acciones y argumentaciones aprobar o desaprobar. En el caso peruano, ejemplos evidentes de esto encontramos en lo que ocurre con las identidades ligadas de uno u otro modo a la subversión de las décadas pasadas; o también con las personas que no cumplen con las normas culturales de la vida heterosexual.
 
Butler reflexiona este fenómeno a partir del contexto estadounidense después de los atentados del 11 de setiembre de 2001. Considera cómo los sentidos comunes construidos funcionan como marcos que definen “lo que puede escucharse”, previenen “cierto tipo de preguntas y de análisis históricos” y producen “una justificación moral de la venganza”. Es decir, se delimita qué es lo autorizado públicamente y qué queda invisibilizado o condenado; a la vez, se facilita la aparición de un imaginario según el cual sólo se puede responder a la violencia con más violencia. En los EE.UU., esto se vio representado por la “descalificación pública de los movimientos pacifistas” y la caracterización de “las marchas en contra de la guerra como anacrónicas o nostálgicas”. Ello generó una fuerte resistencia a cualquier posibilidad de análisis crítico, de oposición a lo hegemónico, de búsquedas más profundas y desprejuiciadas por explicaciones. Los intentos académicos por examinar el fenómeno, por ejemplo, fueron usualmente tomados como endebles e inservibles.
 
Frente a ello, Butler no sólo considera la necesidad de producir nuevas condiciones de significación en las que se superen estereotipos simplificadores, sino que además propone algo más arriesgado: no negar la propia vulnerabilidad que la violencia sufrida ha rebelado; más bien, asumirla plenamente, aprovechar las posibilidades que ella abre para construir una vida en comunidad más responsable. Afirma Butler que los atentados contra los EE.UU. rompieron con la fantasía según la cual el país era infranqueable. Esta repentina conciencia de la propia fragilidad permitiría considerar cómo, política y éticamente, existe una fuerte dependencia de los demás: es decir, cómo los EE.UU. no son la potencia inexpugnable a la que nadie condiciona y de la que todos necesitan. Más bien, asumir la vulnerabilidad permitiría reorganizar la mirada que los ciudadanos tienen de sí mismos y las relaciones que se tiene con otras naciones.
 
La herida de la violencia, entonces, es una “herida narcisista” que expone públicamente la propia vulnerabilidad y, por ello, obliga a reconsiderar la responsabilidad que tengo con los demás, con aquellos de quienes dependo para proteger mi condición frágil. Dice Butler: “Sólo cuando hemos sufrido semejante violencia estamos obligados, éticamente, a preguntar cómo debemos responder por el daño sufrido. ¿Qué rol vamos a asumir en la propagación histórica de la violencia? ¿En qué nos convertiremos al responder? ¿Vamos a extender o a impedir la violencia por medio de la respuesta que tengamos?”
 
La idea es más compleja y luego será mejor desarrollada.

Todas las citas corresponden a: BUTLER, Judith. “Explicación y absolución, o lo que podemos escuchar”. En: Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós, 2006, pp. 25-43.

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