“toditos estaban muertos. Entre niños, mujeres y ancianos, más de 50 personas muertas. [...] Todos los cuerpos destrozados con machetes y cuchillos, sin manos, sin brazos, sin cabezas, llenos de sangre y otros con los intestinos afuera, los asesinos habían jugado con los detenidos. Las cabezas estaban en distintos lugares y escuchamos que después de cortar las cabezas las patearon como a pelotas. Habían matado sin misericordia a mujeres y niños. No creyeron en Dios, han sido salvajes para matar. Enterramos rápido haciendo 5 huecos, ya no podíamos llorar, pareciera que el sol lloraba. A mi madre la encontramos sin cabeza y punzado con cuchillo su cuerpo. Las almas estaban con sus cabezas, manos, pies, cortados por todas partes, no podía reconocer de quién era el brazo, los pies, sus cabezas. Pues no respetaron a las almas”. (Testimonio citado en p. 236, Chungui. Violencia y trazos de memoria)
Vidas que no importan, que no tienen
visibilidad, que no aparecen a la luz pública de la comunidad nacional y, por
tanto, no poseen ningún valor. Vidas que no cuentan como humanas, que en los
discursos hegemónicos impresos en nuestro sentido común no valen realmente la
pena. Vidas con cuerpos irrelevantes, que da igual si tienen estructura o si
están desorganizados. Simbólicamente, están vacíos de sentido, se puede hacer
con ellos lo que sea. Emocionalmente, no despiertan ninguna fibra, no generan
ninguna identificación. Cuerpos sin alma: cuerpos que se pueden utilizar, con
los que se puede jugar, a los que se puede estropear, porque no se advierte
ninguna humillación, no despierta ofendida la conciencia.
Muertes que no dejan
huella. 15000 desaparecidos. Pero ¿aparecieron alguna vez? ¿Tuvieron
rostros identificables?, ¿tuvieron voces inteligibles?, ¿formaron parte del nosotros que pretendemos ser? Muertes
que no se lloran, porque nunca murieron. Los cuerpos desmembrados no tuvieron
nunca sentido; las vidas exterminadas no contuvieron nunca humanidad. Nadie
nace con una dignidad intrínseca: esta se adquiere en las dinámicas de
reconocimiento que tienen lugar en la vida pública, en el mundo compartido. Para
la comunidad nacional, no hay 15000 desaparecidos. Desaparece el que deja una
huella que perdió en algún momento, inesperada e injustamente, su rastro. A
esas vidas nunca se les reconoció el derecho de dejar una huella en los demás. 15000
y miles más que nunca aparecieron.
“Por el río Huallaga se encontraba, quizás más de cien cuerpos botados, pero encostalados. Parecía basura, pero no era basura. Eran personas, mujeres y varones. Bien torturados, amarrados su cuello, con cable de luz, bien amarrados, sacados su lengua bien grande. Colgados sus ojos. Todo eso tenía que pasar, todo eso tenía que mirar, ¿por qué?, por querer encontrar a mis hermanos”. (Testimonio citado en p. 161, Capítulo 1, Tomo VI, Informe Final CVR)
Bien torturados, pero no han muerto. Las muertes despiertan
la necesidad del duelo. Y el duelo, como dice Butler, no es una experiencia
privada; más bien, en los discursos públicos que reconocen qué vidas, qué
cuerpos y qué muertes tienen valor, se marcan los límites de una “distribución
diferencial del duelo” (Butler 2006: 64). A veces, 15000 veces, no hay nadie a
quien llorar. La pérdida del otro no supone ninguna pena. No ha habido pérdida.
“Después de todo, si alguien desaparece, y esa persona no es nadie, ¿entonces
qué y dónde desaparece, y cómo puede tener lugar el duelo?” (Butler 2006: 59)
BUTLER, Judith. “Violencia, duelo, política”. En: Vida precaria. El poder del duelo y la
violencia. Traducción de Fermín Rodríguez. Buenos Aires: Paidós, 2006, pp.
45-77.

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