Se me ocurren 4 motivos:
1. Porque el lenguaje no es un simple medio de comunicación,
sino el lugar en el que construimos nuestras identidades. En este sentido, los
calificativos con que nos referimos a las personas no son simplemente etiquetas
que depositamos superficialmente sobre alguien. Cuando un hombre le dice “mamita”
o algo por el estilo a una mujer, hace mucho más que caracterizarla; más bien
clasifica su identidad, la reduce a
ser un objeto de placer carnal frente a los ojos de aquellos con quienes
comparte los espacios públicos. La mujer que experimenta el acoso de parte del
desconocido queda inmersa en las dinámicas de un lenguaje en el que se definen
las jerarquías de las identidades: una –la del varón que define con sus
palabras– por encima de la otra –la de la mujer que es reducida al objeto
sexual. Una identidad que controla a la otra. En resumen: la palabra del acosador callejero estereotipa la identidad de la mujer,
limitando y condicionando sus posibilidades de lenguaje y acción en los
espacios públicos.
2. Porque se hacen cosas con las palabras. Es decir, el
lenguaje, además de construir significados y sentidos, es capaz de ser un
vehículo de la acción. La palabra del acosador callejero nunca es cosa ligera,
nunca es simple voz a la que se lleva el viento. Su palabra es más bien una
acción que afecta directa, material y expresamente a la mujer. Cuando un hombre
pronuncia algo como “qué buen culo”, está ejecutando una acción concreta que
tiene consecuencias prácticas. La palabra acosadora es una agresión que se
siente real en la carne, en la conciencia, en la intimidad de la persona
agredida. No es cierto que el acosador sea inofensivo porque sólo se manifiesta
con palabras; por el contrario, es peligroso y nocivo, porque sus palabras son
acciones y las consecuencias son inmediatas y concretas. En resumen: la palabra del acosador callejero agrede
directa y concretamente a la mujer, quien sufre de una acción que lastima.
3. Porque las palabras cobran sentido en los espacios
públicos compartidos con los otros. En esos contextos, el lenguaje se encuentra
sumergido en las dinámicas por el reconocimiento que se desarrollan en toda pluralidad.
Cuando una mujer sufre del acoso callejero, sufre de una forma de menosprecio
frente a los demás; sus relaciones intersubjetivas se ven afectadas, así como
su capacidad para presentarse auténticamente a los otros. No se le reconoce
como parte valiosa de un conjunto social. El hombre que agrede a la mujer con
sus palabras está, a la vez que estereotipando y dañando, negando a una persona
la posibilidad de aparecer entre los demás como alguien que tiene algo que
aportar desde su singularidad. No sólo la intimidad de la mujer queda afectada,
sino también su capacidad para formar parte de la vida pública, de la comunidad.
En resumen: la palabra del acosador
callejero le niega a la mujer el reconocimiento a ser parte de la pluralidad en
la que cada persona se revela como valiosa y digna.
4. Porque las palabras no son sólo palabras, pero se hacen
pasar como si fueran sólo palabras. Es decir, existe la ilusión según la cual
el lenguaje no tiene efectos significativos en las personas y, por tanto, puede
ser utilizado arbitrariamente. Esta ilusión invisibiliza la gravedad de las
consecuencias que pueden causar las palabras que utilizamos frente al otro. El
hombre que acosa cree que no está haciendo nada malo, que sólo lanza un
“piropo” y no hace falta exagerar la situación. La agresión a la mujer se
naturaliza, entonces, en una práctica que parece ser banal, que parece no causar
efectos, que parece insignificante porque “son sólo palabras”. Lo cierto es que
se esconde la violencia y se normaliza como un modo habitual de comportamiento.
En resumen: la ingenua ilusión de las
palabras como “sólo palabras” esconde la gravedad del asunto y colabora con la
estandarización de los hábitos agresores.
