lunes, 27 de enero de 2014

¿POR QUÉ HIEREN LAS PALABRAS (DE LOS ACOSADORES CALLEJEROS)?

 
 Se me ocurren 4 motivos:

1. Porque el lenguaje no es un simple medio de comunicación, sino el lugar en el que construimos nuestras identidades. En este sentido, los calificativos con que nos referimos a las personas no son simplemente etiquetas que depositamos superficialmente sobre alguien. Cuando un hombre le dice “mamita” o algo por el estilo a una mujer, hace mucho más que caracterizarla; más bien clasifica su identidad, la reduce a ser un objeto de placer carnal frente a los ojos de aquellos con quienes comparte los espacios públicos. La mujer que experimenta el acoso de parte del desconocido queda inmersa en las dinámicas de un lenguaje en el que se definen las jerarquías de las identidades: una –la del varón que define con sus palabras– por encima de la otra –la de la mujer que es reducida al objeto sexual. Una identidad que controla a la otra. En resumen: la palabra del acosador callejero estereotipa la identidad de la mujer, limitando y condicionando sus posibilidades de lenguaje y acción en los espacios públicos.
 
2. Porque se hacen cosas con las palabras. Es decir, el lenguaje, además de construir significados y sentidos, es capaz de ser un vehículo de la acción. La palabra del acosador callejero nunca es cosa ligera, nunca es simple voz a la que se lleva el viento. Su palabra es más bien una acción que afecta directa, material y expresamente a la mujer. Cuando un hombre pronuncia algo como “qué buen culo”, está ejecutando una acción concreta que tiene consecuencias prácticas. La palabra acosadora es una agresión que se siente real en la carne, en la conciencia, en la intimidad de la persona agredida. No es cierto que el acosador sea inofensivo porque sólo se manifiesta con palabras; por el contrario, es peligroso y nocivo, porque sus palabras son acciones y las consecuencias son inmediatas y concretas. En resumen: la palabra del acosador callejero agrede directa y concretamente a la mujer, quien sufre de una acción que lastima.

3. Porque las palabras cobran sentido en los espacios públicos compartidos con los otros. En esos contextos, el lenguaje se encuentra sumergido en las dinámicas por el reconocimiento que se desarrollan en toda pluralidad. Cuando una mujer sufre del acoso callejero, sufre de una forma de menosprecio frente a los demás; sus relaciones intersubjetivas se ven afectadas, así como su capacidad para presentarse auténticamente a los otros. No se le reconoce como parte valiosa de un conjunto social. El hombre que agrede a la mujer con sus palabras está, a la vez que estereotipando y dañando, negando a una persona la posibilidad de aparecer entre los demás como alguien que tiene algo que aportar desde su singularidad. No sólo la intimidad de la mujer queda afectada, sino también su capacidad para formar parte de la vida pública, de la comunidad. En resumen: la palabra del acosador callejero le niega a la mujer el reconocimiento a ser parte de la pluralidad en la que cada persona se revela como valiosa y digna.
 
4. Porque las palabras no son sólo palabras, pero se hacen pasar como si fueran sólo palabras. Es decir, existe la ilusión según la cual el lenguaje no tiene efectos significativos en las personas y, por tanto, puede ser utilizado arbitrariamente. Esta ilusión invisibiliza la gravedad de las consecuencias que pueden causar las palabras que utilizamos frente al otro. El hombre que acosa cree que no está haciendo nada malo, que sólo lanza un “piropo” y no hace falta exagerar la situación. La agresión a la mujer se naturaliza, entonces, en una práctica que parece ser banal, que parece no causar efectos, que parece insignificante porque “son sólo palabras”. Lo cierto es que se esconde la violencia y se normaliza como un modo habitual de comportamiento. En resumen: la ingenua ilusión de las palabras como “sólo palabras” esconde la gravedad del asunto y colabora con la estandarización de los hábitos agresores.

miércoles, 8 de enero de 2014

MUERTES QUE NO DEJAN HUELLA

“toditos estaban muertos. Entre niños, mujeres y ancianos, más de 50 personas muertas. [...] Todos los cuerpos destrozados con machetes y cuchillos, sin manos, sin brazos, sin cabezas, llenos de sangre y otros con los intestinos afuera, los asesinos habían jugado con los detenidos. Las cabezas estaban en distintos lugares y escuchamos que después de cortar las cabezas las patearon como a pelotas. Habían matado sin misericordia a mujeres y niños. No creyeron en Dios, han sido salvajes para matar. Enterramos rápido haciendo 5 huecos, ya no podíamos llorar, pareciera que el sol lloraba. A mi madre la encontramos sin cabeza y punzado con cuchillo su cuerpo. Las almas estaban con sus cabezas, manos, pies, cortados por todas partes, no podía reconocer de quién era el brazo, los pies, sus cabezas. Pues no respetaron a las almas”. (Testimonio citado en p. 236, Chungui. Violencia y trazos de memoria)
 
Vidas que no importan, que no tienen visibilidad, que no aparecen a la luz pública de la comunidad nacional y, por tanto, no poseen ningún valor. Vidas que no cuentan como humanas, que en los discursos hegemónicos impresos en nuestro sentido común no valen realmente la pena. Vidas con cuerpos irrelevantes, que da igual si tienen estructura o si están desorganizados. Simbólicamente, están vacíos de sentido, se puede hacer con ellos lo que sea. Emocionalmente, no despiertan ninguna fibra, no generan ninguna identificación. Cuerpos sin alma: cuerpos que se pueden utilizar, con los que se puede jugar, a los que se puede estropear, porque no se advierte ninguna humillación, no despierta ofendida la conciencia.
 
Muertes que no dejan huella. 15000 desaparecidos. Pero ¿aparecieron alguna vez? ¿Tuvieron rostros identificables?, ¿tuvieron voces inteligibles?, ¿formaron parte del nosotros que pretendemos ser? Muertes que no se lloran, porque nunca murieron. Los cuerpos desmembrados no tuvieron nunca sentido; las vidas exterminadas no contuvieron nunca humanidad. Nadie nace con una dignidad intrínseca: esta se adquiere en las dinámicas de reconocimiento que tienen lugar en la vida pública, en el mundo compartido. Para la comunidad nacional, no hay 15000 desaparecidos. Desaparece el que deja una huella que perdió en algún momento, inesperada e injustamente, su rastro. A esas vidas nunca se les reconoció el derecho de dejar una huella en los demás. 15000 y miles más que nunca aparecieron.
 
“Por el río Huallaga se encontraba, quizás más de cien cuerpos botados, pero encostalados. Parecía basura, pero no era basura. Eran personas, mujeres y varones. Bien torturados, amarrados su cuello, con cable de luz, bien amarrados, sacados su lengua bien grande. Colgados sus ojos. Todo eso tenía que pasar, todo eso tenía que mirar, ¿por qué?, por querer encontrar a mis hermanos”. (Testimonio citado en p. 161, Capítulo 1, Tomo VI, Informe Final CVR)
 
Bien torturados, pero no han muerto. Las muertes despiertan la necesidad del duelo. Y el duelo, como dice Butler, no es una experiencia privada; más bien, en los discursos públicos que reconocen qué vidas, qué cuerpos y qué muertes tienen valor, se marcan los límites de una “distribución diferencial del duelo” (Butler 2006: 64). A veces, 15000 veces, no hay nadie a quien llorar. La pérdida del otro no supone ninguna pena. No ha habido pérdida. “Después de todo, si alguien desaparece, y esa persona no es nadie, ¿entonces qué y dónde desaparece, y cómo puede tener lugar el duelo?” (Butler 2006: 59)

BUTLER, Judith. “Violencia, duelo, política”. En: Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Traducción de Fermín Rodríguez. Buenos Aires: Paidós, 2006, pp. 45-77.